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Poesía y TIC

Origen imagen: losalierisdegutenberg.blogspot.comLa creación poética se nutre de su entorno, pienso yo. Por ese motivo es lógico que las tecnologías de la información y la comunicación y cuanto las rodea se conviertan también en referente de textos líricos. Hasta ahora, solamente las había encontrado en clave satírica, laudatoria o urgente en ciertos blogs, como los del Tigre, Elisa o el de quien esto suscribe. Sin duda habrá muchísimos más ejemplos, pero mis lecturas son, ciertamente, limitadas.
Sin embargo, también hay poetas de verso en pecho que no renuncian a introducir el mundo de las TIC en sus universos líricos. Es el caso del mexicano José Emilio Pacheco -a quien dediqué una entrada homenaje no hace mucho-, que en su libro Siglo pasado (1999-2000) ya incorpora dos poemas sobre la cuestión. La visión que nos ofrece el poeta no es excesivamente positiva; más bien da la impresión de estar dominado por la nostalgia de quien sabe que una forma de trabajar, de leer y de vivir está llegando a su fin. Se reconoce Pacheco usuario agradecido de la innovaciones tecnológicas, pero crece cuando estas mueren en una subida de tensión que mata su Windows o en el momento de enfrentarse con la palabra desnuda sobre el papel, sin iconos de formato o scrolls de pantalla.
En fin, supongo que el poeta es como tantos de nosotros que vivimos en este debate constante.

Derrota de Bill Gates
Después del gran calor y el brillo intolerable del sol,
la tormenta eléctrica,
la lluvia que no anunció su llegada.
Y el trueno inmenso, emperador de los aires,
hace que el mundo estalle en los conductores eléctricos,
borra la luz,
nos deja en tinieblas incomputables
y nos vuelve por un instante
sombras de un mundo antiguo sin electrónica,
aprendices de espectro, aire en el aire.

Página
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gusta mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.

José Emilio Pacheco, En resumidas cuentas, Madrid, Visor, 2004.

Ayer recordaba Felipe el aniversario de la reunión de poetas en el Ateneo de Sevilla del año 1927. Muchos de nosotros tenemos grabada la imagen de diez personajes -jóvenes y no tanto- en torno a una mesa, comedidos, con caras de circunstancias, cabizbajos, en algún caso. Fue el acto que acabó dando nombre al más impresionante grupo de poetas que ha dado España.
Pero en esa fotografía no estaban todos. Entre otros, faltaba un muchacho malagueño, enfermizo, tímido y retraído, según cuentan: Emilio Prados. Sin él, el 27 hubiese sido otra cosa, porque probablemente Litoral no se hubiera convertido en una de las revistas catalizadoras del grupo. Siempre me ha parecido una tremenda injusticia que el pobre Emilio no estuviese en Sevilla, que no saliese en la foto, como tampoco apareció en ella el otro baluarte de la revista, Manuel Altolaguirre. De hecho, creo que sería un buen desagravio que un diseñador avezado añadiese, aunque fuese en una esquinita del encuadre, los rostros de los dos poetas que tanto se desvelaron por el grupo y por sus obras.
Y como yo no manejo con solvencia Photoshop, he de limitarme a publicar unos poemas de Prados en el día en que se conmemora la reunión sevillana en la que no participó.
De sus primeras obras, el poema “Alba rápida” siempre me ha entusiasmado por la sucesión de exclamaciones que elevan la intensidad del texto hasta el mismísimo último verso en que todo se detiene: ha amanecido.

¡Pronto, deprisa, mi reino,
que se me escapa, que huye,
que se me va por las fuentes!
¡Qué luces, qué cuchilladas
sobre sus torres enciende!
Los brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!
¡Pronto, que el reino se escapa!
¡Qué se derrumban mis sienes!
¡Qué remolino en mis ojos!
¡Qué galopar en mi frente!
¡Qué caballos de blancura
mi sangre en el cielo vierte!
Ya van por el viento, suben,
saltan por la luz, se pierden
sobre las aguas…
                     Ya vuelven
redondos, limpios, desnudos…
¡Qué primavera de nieve!
Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!,
¡que se me va!, ¡que se pierde
su reino entre mis caballos!,
¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren!
¡que lo hacen pedazos, vivo,
bajo sus cascos celestes !
¡Pronto, que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes!
¡Ay, limpias yeguas del aire!
¡Ay, banderas de mi frente!
¡Qué galopar en mis ojos!
Ligero, el mundo amanece…

En la década de los 30, el verso de Prados cambia y se tiñe de sonidos negros. El contacto con el Surrealismo, la situación política, la amistad con unos Alberti y Aleixandre volcados hacia la poesía impura, toda su realidad acaba llevándole cerca del abismo:

Me asomé, lejos, a un abismo…
(Sobre el espejo que perdí he nacido.)
Clavé mis manos en mis ojos…
(Manando estoy en mí desde mi rostro.)
Tiré mi cuerpo, hueco, al aire…
(Abren su voz los ojos de mi sangre.)
Rodé en el llanto de una herida…
(Nazco en la misma luz que me ilumina.)
Se coaguló mi llanto en sombra…
Carne es la luz y el nácar de mi boca.)
Dentro de mí se hundió mi lengua…
(Siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.)
Se pudrió el tiempo en que habitaba…
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.)
Huyó mi cuerpo por mi cuerpo…
(Bebo en el agua limpia de mi espejo.)
¡A mi existencia uno mi vida!
(Espejo sin cristal es mi alegría.)

Después vendrá la Guerra Civil, el fracaso de las esperanzas y el exilio. Poco después de llegar a Veracruz, Emilio Prados compone uno de los más impresionantes poemas sobre los paraísos perdidos.

Cuando era primavera en España:
frente al mar, los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella,
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche.

Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
junto a la orilla de los ríos,
las grandes mariposas de la luna
fecundaban los cuerpos desnudos
de las muchachas
y los nardos crecían silencios
dentro del corazón
hasta taparnos la garganta.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
todas las playas convergían en un anillo
y el mar sonaba entonces,
como el ojo de un pez sobre la arena,
frente a un cielo más limpio
que la paz de una nave, sin viento, en su pupila.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
los olivos temblaban
adormecidos bajo la sangre azul del día,
mientras que el sol rodaba
desde la piel tan limpia de los toros,
al terrón en barbecho
recién movido por la lengua caliente de la azada
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
los cerezos en flor
se clavaban de un golpe contra el sueño
y los labios crecían
como la espuma en celo de una aurora,
hasta dejarse nuestro cuerpo a su espalda,
igual que el agua humilde
de un arroyo que empieza.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
todos los hombres olvidaban su muerte
y se tendían confiados, juntos, sobre la tierra
hasta olvidarse el tiempo
y el corazón tan débil por el que ardían.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
yo buscaba en el cielo.
yo buscaba
las huellas tan antiguas
de mis primeras lágrimas
y todas las estrellas levantaban mi cuerpo
siempre tendido en una misma arena,
al igual que el perfume, tan lento,
nocturno, de las magnolias.
Cuando era primavera.

Pero, ¡ay!, tan sólo
cuando era primavera en España.
Solamente en España,
antes, cuando era primavera.

Prados acaba adaptándose al que será su nuevo país, México, y con esa adaptación crece como poeta. Sin embargo, pese a que su verso se hace más íntimo, cerrado y hasta cierto punto hermético, de vez en cuando el olor de lo perdido se le aparece en forma de palabra o de almoraduj:

Tan chico el almoraduj
y… ¡cómo huele!
Tan chico.
De noche, bajo el lucero,
tan chico el almoraduj,
y ¡cómo huele!
Y cuando en la tarde llueve,
¡cómo huele !
Y cuando levanta el sol,
tan chico el almoraduj,
¡cómo huele !
Y ahora que del sueño vivo,
¡cómo huele,
tan chico, el almoraduj!
¡Cómo huele!…
Tan chico.

Más poemas en A media voz.

Tengo alojadas en mi cuenta de Flickr tres imágenes que intuyo están relacionadas. Las tres aluden, creo, a la falta de libertad; las tres tienen a la palabra como elemento unificador. Por lo demás, son muy diferentes y las tomé en respuesta a intenciones distintas. No son fotografías de las que me sienta especialmente orgulloso; sin embargo, llevan tiempo rondándome, me hablan y protestan porque no las he utilizado aún. Su tiempo, me dijo una, está pasando, se siente vieja y desaprovechada. “Lánzame”, me rogó, “de cualquier manera, no importa. O bórrame y olvídate de mí”.

Hoy quiero ser justo con ellas. Fueron tomadas para ilustrar este blog y en él deben figurar, aunque no tenga en este momento demasiado clara la vinculación entre las fotos ni la pertinencia de su publicación ni el sentido de esta entrada.

La primera de ellas la tomé para no olvidar la niñez, la calle y las inocentes diversiones que a menudo terminaban con la persecución de una paloma o un gorrión: “Niño, deja ya ese pájaro”, “Dios te castigará”.

Había poco con lo que entretenerse, una pelota desinflada, unas piedras, algún árbol al que subirse y muchos pájaros. Quizás éramos niños más libres que los de ahora; no sé si más felices, no sé si más crueles. Posiblemente éramos simples criaturas que pasaban las tardes en la calle, vigilados de lejos por la mirada de algún adulto, olvidados mientras crecíamos y nos hacíamos hombres y mujeres de provecho.

Algunas tardes de verano salíamos con algún dinero para comprar un helado en la tienda de ultramarinos. Los helados que vendían en mi calle eran de fresa, de vainilla o de chocolate. También había polos de nieve, de naranja o limón; pero los que más nos gustaban eran los cucuruchos de máquina, que tomábamos en un suspiro para que el calor de la tarde no derritiese y pringase nuestros dedos. Con ellos -bien separados del cuerpo, si no queríamos que la riña fuese monumental- paseábamos por la acera, entrábamos en los portales, en las pocas tiendas de la calle y nos acercábamos al kiosko. Nunca encontramos un cartel que prohibiera el acceso. Todo parecía estar a nuestro servicio y no sé qué hubiese sentido entonces si en la puerta de la papelería, por ejemplo, un cartel me hubiese hurtado del placer de acariciar el último número e la revista Mortadelo y de besar a la vez el frío embutido en un barquillo crujiente.

La tercera fotografía apunta hacia algunos años después. Acabada ya la primaria, un espacio de relativa libertad se abría en nuestras vidas de colegiales. De vez en cuando, la atracción de la calle nos forzaba a abandonar el aula y paseábamos de nuevo por las aceras, ocultándonos de los adultos que creíamos conocer. En esos momentos, los jardines cercanos se ofrecían como lugar de encuentro. Ocultos entre los árboles, armados de risas, algún cigarrillo y rotuladores, estampábamos en el banco del parque nuestro momento liberador: “Nos hemos escapado del colegio”. Y bajo el texto, una fecha que dejara constancia de nuestro acto de valor.

Ahora que ha llegado el final de esta entrada he encontrado, por fin, la conexión entre las tres imágenes. En ellas encuentro libertades y restricciones, placeres, niñez, una calle, un barrio, y a la ausencia de todo lo que un día fue, me temo.

A quien pueda interesar

Pues le han dado el Cervantes al mexicano José Emilio Pacheco, un poeta de esos que se entienden. Aparentemente. Verso sencillo y directo, ideas claras.

Que otros hagan aún
el gran poema,
los libros unitarios,
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía.
A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa,
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo.
La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.

Yo también busqué en otra época -¡Ay, pecados de juventud perdida!- una poesía que fuese como un diario, pero la cosa se me complicó de tal manera que acabó llenándoseme el verso de vacío en fondo y forma. Hube de abandonar. No había salida.
Por eso admiro a los poetas capaces de mirar a su alrededor y a sí mismos, sumar uno más uno y conseguir, sin apenas esfuerzo, una declaración de principios:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Y, ahora, han premiado a Pacheco, y es hora de leerlo. Sin prisas. Sin pausa.


Terminando con Boccaccio

Con retraso sobre el plan previsto, esta semana hemos concluido en clase el estudio del Decamerón de Boccaccio. Como actividad final propuse una investigación sobre la vida y obra del autor a partir de un conjunto de cuestiones. Tras la búsqueda de la información dedicamos tres sesiones a la puesta en común de la misma. El resultado del trabajo colectivo he intentado resumirlo en los esquemas que dejo a continuación por si a alguien pudiera servir.

Desvalido

Al llegar de trabajar, una antigua vecina me ha entregado un sobre que habían dejado en el buzón de mi anterior domicilio. En el membrete del mismo figuraba el nombre de una empresa, Corporación Legal, que no conocía con anterioridad y suponía que me ofrecería sus servicios de asesoramiento, seguros o cabe Dios qué. Nada más lejos de la realidad. Al abrir la carta bomba encuentro unos números de referencia y, bajo ellos, mi nombre, antigua dirección y una fecha: 13 de noviembre de 2009. Comienzo a leer:

“Salvo noticias inmediatas del pago de los recibos que quedaron pendientes por abonar en el momento de tramitar la baja con Sogecable, S.A. – Canal +, los cuales ascienden a 74,91 euros, la próxima semana iniciaremos las actuaciones legales correspondientes en defensa de los derechos de nuestro cliente Fenix Cartera – CL Holding, el cual, como ya se le informó, adquirió el crédito sobre dicha deuda. Solicitaremos el embargo de todo tipo de bienes y derechos (sueldos, pensiones, vehículos, vivienda, fincas, derechos hereditarios, etc.) y su inclusión en los correspondientes listados de morosos, lo cual generará innumerables contratiempos a la hora de solicitar cualquier tipo de préstamo bancario o financiación.”

Y me enciendo.

Hace diez años que dejé de ser cliente de Sogecable – Canal +. Durante el tiempo que disfruté de los servicios de esta empresa -a quien Dios confunda-, pagué religiosamente las mensualidades. Cuando decidí dejar de contar con su producto, firmé todo lo que me hicieron firmar sin que nadie me dijese que les debía dinero: ¿me hubiesen dejado darme de baja sin haber pagado la totalidad de los recibos? Me cabe la duda, la verdad. Desde entonces hasta esta tarde no he tenido noticias de Sogecable – Canal +, aunque, al parecer, ellos sí han pensado en mi y han pasado mi supuesta deuda a otra empresa, Fenix Cartera – CL Holding, que, a su vez, la ha reenviado a esta Corporación Legal. Todo a mis espaldas, sin el menor conocimiento de la situación. Al hablar con la Corporación Legal se me informa de que me fue remitida una carta en el pasado mes de julio informándome de la situación. Lógicamente debió remitirse a mi antiguo domicilio y no tuve constancia de ella. Pienso yo que estas informaciones debieran hacerse, al menos, por correo certificado, de manera que existiese una verdadera constancia de que la amenaza ha llegado al destinatario adecuado. Pero no ha sido así. Simple correo convencional.

En la conversación que hace unos minutos he mantenido con Corporación Legal me niegan que exista un tono amenazador en la carta y se me dice que ese tono amenazador, de existir, lo pone quien lee, pues aquel que escribe se limita a “citar la Constitución española” (sic). Consigo, no sin esfuerzo, que se me reconozca el hecho de que la Constitución no se ocupa de estas cosas y que, más bien, figurarán estas palabras en otro tipo de textos legales. Una victoria moral, al menos. Sin embargo, no consigo que mi interlocutor admita que existe amenaza en el final del párrafo:

“Solicitaremos el embargo de todo tipo de bienes y derechos (sueldos, pensiones, vehículos, vivienda, fincas, derechos hereditarios, etc.) y su inclusión en los correspondientes listados de morosos, lo cual generará innumerables contratiempos a la hora de solicitar cualquier tipo de préstamo bancario o financiación“.

Una derrota efectiva.

Tras un buen rato de tenso diálogo sobre el concepto de amenaza y su puesta en práctica, solicito a la persona que me atiende por teléfono que me faciliten los supuestos recibos devueltos. Niega esa posibilidad, pues mi expediente sólo se me mostrará en el caso de que el litigio llegue ante el juez. De hecho me da a entender que lo que debo hacer es pagar y callar y, en todo caso, intentar demostrar con posterioridad mi inocencia a través de la OCU mediante la aportación de la documentación pertinente. Insiste en que ese es el procedimiento legal.

De manera que lo “legal” es acusar de moroso a alguien sin aportar las pruebas de su morosidad; lo “legal” es pretender cobrar un dinero sin una contrapartida claramente establecida. Al parecer es el acusado quien debe demostrar su inocencia. Yo no soy abogado, pero he visto muchas películas de juicios (modo ironía) y en todas es la acusación la que debe probar “más allá de toda duda razonable”.

¿Soy culpable del impago? Lo cierto es que no lo sé. En cualquier caso, estoy seguro de que de haberse producido ha sido por algo no achacable a mi voluntad: un banco que devuelve recibos sin conocimiento del cliente, unos recibos emitidos fuera de fecha, una duplicación de recibos emitidos… Caramba, hace diez años de toda esta historia y no me acuerdo; ni siquiera trabajo ya con el mismo banco ni tengo el mismo domicilio.

El caso es que me siento ahora mismo como Joseph K, acusado sin saber de qué, obligado a pasar por el aro de una deuda que no sé si he contraído, sin garantías ni apoyos, amenazado, por mucho que me nieguen esa condición. Soy un juguete en manos de unas empresas a las que nada parece obligar. Es su palabra contra la mía; y la mía, por desgracia, no vale nada. Lo único que me queda es el pataleo virtual, agachar la cabeza y pagar, si es que no quiero que me nieguen la financiación de la lavadora, que la de ahora anda funcionando regular.

Sorpresas femeninas

A mediados del siglo XIV, Boccaccio brinda una tremenda sorpresa en la primera novela de la jornada IV del Decamerón. Una mujer, Ghismunda, se enfrenta a Tancredo, su padre, en defensa de su propia sexualidad. Ella se ha enamorado en alma y en cuerpo del joven Guiscardo, ha yacido con él porque su deseo la ha empujado a ello y, cuando sus actos salen a la luz, no siente la más mínima prevención en reafirmar sus sentimientos:

Debe serte, Tancredo, manifiesto, siendo tú de carne, que has engendrado a una hija de carne y no de piedra ni de hierro; y acordarte debías y debes, aunque tú ahora seas viejo, cómo y cuáles y con qué fuerza son las leyes de la juventud, y aunque tú, hombre, en parte de tus mejores años en las armas te hayas ejercitado, no debías, sin embargo, conocer lo que los ocios y las delicadezas pueden en los viejos, no ya en los jóvenes. Soy, pues, como engendrada por ti, de carne, y he vivido tan poco que todavía soy joven, y por una cosa y la otra llena del deseo concupiscente, al que asombrosísimas fuerzas ha dado ya, por haber estado casada, el conocimiento del placer sentido cuando tal deseo se cumple. A cuyas fuerzas, no pudiendo yo resistir, a seguir aquello a lo que me empujaban, como joven y como mujer, me dispuse, y me enamoré.

La mujer no es una roca inerte, sino un ser humano que siente y padece como la otra mitad de la humanidad y, en consecuencia, no tiene por qué esconder sus necesidades; antes al contrario, la fuerza natural de las mismas obliga a reafirmar su voluntad de gozar y amar cuanto fuere menester. Todo esto en boca de una mujer de papel y manuscrito que comparte época con angelicales visiones a orillas del Arno o con damas de dulce laurel coronadas.

Pero la sorpresa mayúscula no se reduce a la constatación de su carnalidad. Ghismunda cuestiona también la idoneidad social del amante por ella elegido, anticipándose a las protestas del padre:

La virtud primeramente hizo distinción entre nosotros, que nacemos y nacíamos iguales; y quienes mayor cantidad de ella tenían y la ponían en obra fueron llamados nobles, y los restantes quedaron siendo no nobles. Y aunque una costumbre contraria haya ocultado después esta ley, no está todavía arrancada ni destruída por la naturaleza y por las buenas costumbres; y por ello, quien virtuosamente obra, abiertamente se muestra noble [...] Mira, pues, entre tus nobles y examina su vida, sus costumbres y sus maneras, y de otra parte las de Guiscardo considera: si quisieras juzgar sin animosidad, le llamarías a él nobilísimo y a todos estos nobles tuyos villanos.

La nobleza reside, a ojos de Ghismunda, en los actos individuales y no en la herencia. Toda una declaración de raíz burguesa con la que pretende desmontar la inmovilidad de la estructura social medieval.

El alegato de la muchacha va aún mucho más allá al entrar en el pantanoso terreno de las normas morales:

sé cruel conmigo porque no estoy dispuesta a rogarte de ningún modo que no lo seas como que eres la primera razón de este pecado, si es que pecado es; por lo que te aseguro que lo que de Guiscardo hayas hecho o hagas si no haces conmigo lo mismo, mis propias manos lo harán.

Duda de que sus actos sean pecado y, sobre todo, pide a su padre que acabe con su vida al igual que lo hizo con la del amante. De no ser así, Ghismunda manifiesta con rotundidad que sus propias manos obrarán en consecuencia. El suicidio, la usurpación de la potestad divina, es mostrado como única salida posible de la situación creada por el padre. Ciento y pico años después, una muchacha llamada Melibea optará también por regenerarse en un vuelo llevada del amor, la desesperación y la certeza de que no hay futuro posible.

Boccaccio construye en esta novela una perfecta defensa de la individualidad que no atiende a represiones sexuales ni sociales ni, incluso, morales. La Edad Media está agonizando y llama a la puerta un nuevo tipo de ser humano, hombre y mujer, que se niega a conformarse con lo que es tradicional y socialmente aceptado. Hoy, casi siete siglos después, la argumentación de Ghismunda puede seguir teniendo validez.

 

Desarmado

Se me quedó mirando, con el cuerpo contraído y la cabeza hundida entre los hombros. El tiempo -gato escaldado- hizo un paréntesis de incertidumbre que llegó a su fin con tres palabras pronunciadas como tres aldabonazos que rompiesen el himen virginal de la mañana.

- Preferiría no hacerlo.

Al sentarse, volvió a sumergirse en un mar de papeles que amenazaban con desbordar los límites de la mesa.

Me retiré porque intuía que aquel no era un buen día para batallar.

Repeticiones

Al igual que Dante y tantos otros, quiso iniciar en su madurez un camino de perfección. Coincidió con Pierre Menard en que no existía otra vía posible que la ya experimentada. Como Villon, su rastro se perdió al final de una soga o de una escalera.

Magritte.Decalcomania

Magritte: Decalcomanía

Hasta hoy realizaba mis mapas conceptuales con Cmap Tools, una estupenda herramienta para esto de la conceptualización. Sin embargo, la certeza del profesor TIC está expuesta a múltiples tentaciones que terminan por hacerla naufragar en un mar de incertidumbre. Esta mañana, mientras intentaba retomar por enésima vez eso de Twitter para comprobar si se me ha despertado el gusto, lei que Potachov (su Twitter) aludía a un programa llamado X Mind. Ni corto ni perezoso, me lancé a la prueba del ensayo y horror, abrí mi cuenta, descargué el paquete .deb (sí, hay versión Linux y Windows y Mac) y me puse a juguetar. Me ha gustado. Sí, incluso más que Cmap Tools, entre otras razones porque permite alojar en el servidor de la aplicación los mapas de conceptos para compartirlos mediante esa maravilla de etiqueta que es <embed>, o <iframe> en este caso.

Después de probaturas vacías de sentido, me dispuse a usar el programa con algo más enjundioso. ¡Maldición! No encontraba nada externo que conceptualizar, así que apliqué la herramienta sobre mí mismo e intenté exponer en una mapa la actividad que desarrollo en la Red. Ya intenté algo parecido hace casi dos años, pero con esta nueva carta de marear busco otros resultados: no se trata de mostrar mi presencia en Internet, algo que, con suerte, no interesa a más de tres o cuatro personas (y una soy yo mismo); sino de establecer el proceso que sigo en mi actividad y que pienso puede ser similar al de otras muchas personas: recolectar, producir, publicar, contactar. Las distintas fases de mi actividad quedan bastante claras, salvo en el apartado de publicación, momento en el que me diversifico en un buen número de herramientas que en algunos casos se solapan y en la mayoría se relacionan y acaban llegando a los mismos receptores. La pregunta es, entonces, ¿por qué las uso? ¿por qué no nos centramos solamente en una?

Ver el mapa en X Mind.

xmind

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