La izquierda es ‘cool’

En La información, Julio Vallejo comenta La conquista de lo ‘cool’, último libro de Thomas Frank. El comentarista titula su reseña con la afirmación “El movimiento ‘hippy’ lo creo la publicidad”, aunque creo que hubiese sido más correcto incidir en el hecho de que es el mundo de la empresa quien se apropia de los iconos del movimiento juvenil más característico de los sesenta y setenta. Cierto es que desde nuestra perspectiva actual la contracultura de esos años nos es conocida mediante imágenes y sonidos transmitidos gracias a la publicidad, pero el orden de los acontecimientos fue inverso, como el mismo Vallejo expone en su texto.

De hecho, la apropiación que la publicidad hace de diferentes acontecimientos, símbolos o personajes es una constante. Si miramos con una cierta atención nos sorprenderemos ante la cantidad de muñecas que se adornan con banderas cubanas, por ejemplo, sin que los cerebros que las controlan sepan casi nada de Sierra Maestra ni de los barbudos ni de Batista ni de la Bahía de Cochinos ni de balseros ni de Fresa y chocolate ni de Reinaldo Arenas ni tan siquiera de la caña de azúcar. Para esos cerebros que guían unas muñecas tan patrióticas la bandera se asocia a una bebida -el ron Legendario- y la frivolidad de una concentración juvenil cuyo centro es el simple hecho de beber. Algo parecido sucede con ese complemento de moda en que han convertido el pañolón que identifica al pueblo palestino y que casa tan bien con una indumentaria casual y desenfadada; un look juvenil, algo progre, aunque rigurosamente medido; o con la imagen de Ernesto Guevara, que comparte protagonismo torácico con Snoopy, la gatita Kitty o el mismísimo Mickey Mouse; o, por qué no, con la iconografía soviética que pervive en siglas, emblemas y escudos dorados sobre fondo rojo.

Lo curioso de esta apropiación que la mercadotecnia hace de diferentes sucesos, símbolos y personalidades es que en la mayoría de las ocasiones se dirige hacia iconos de la cultura “progre” o izquierdista. No soy experto en tendencias de moda, pero no recuerdo haber visto camisetas con el rostro de Milton Friedman y sus Chicago Boys, por ejemplo, o del Trío de las Azores. Podría pensarse que las grandes corporaciones pretenden con esta estrategia darse un baño de progresía al convertir a los dioses de la colectividad en imágenes de la exclusividad. Otra explicación no le encuentro a la grandiosa parafernalia de la presentación de los últimos modelos de la gama Mercedes Benz:

También es posible -en el caso de la apuesta de Mercedes- que los hippies de antaño ahora vistan trajes de Ermenegildo Zegna, aunque en lo más recóndito de su ser siga perviviendo una afinidad existencial con unos valores que la pragmática cotidiana ha sepultado bajo toneladas de páginas color salmón. Y, por supuesto, es probable que esas ideas se hayan proyectado hacia sus hijos, los que compran camisetas del Che o adornan sus muñecas con la bandera de Cuba, la pobre Cuba.

Provincianismo temporal

En su muy recomendable Adiós a la universidad, Jordi Llovet introduce unas palabras de T. S. Eliot que no por estar escritas en 1945 han perdido la menor validez:

“En nuestra época [...] está naciendo un nuevo tipo de provincianismo que acaso merezca un nombre nuevo. Es un provincianismo, no del espacio, sino del tiempo, para el cual la historia es la mera crónica de los dispositivos humanos que, cumplido su servicio, se han desechado; para el cual el mundo es propiedad exclusiva de los vivos, una propiedad sobre la que los muertos no tienen derecho [...] El peligro de esta clase de provincianismo es que todos, todos los pueblos del planeta podemos volvernos provincianos juntos; y que todos quienes no se conformen con ser provincianos no tengan otra opción que volverse ermitaños.”

T. S. Eliot, “¿Qué es un clásico?”, en Sobre poesía y poetas, Barcelona, Icaria, 1992, pp. 72-73.

La cita es contundente. De su lectura puede extraerse el amargo sentimiento de que en estos tiempos de constante y único presente, del viva lo nuevo y muera lo viejo, el espacio reservado para las humanidades, cuya base se encuentra en el pasado, es por fuerza insignificante. El latín no es competencia para el inglés como lengua de cultura; los clásicos se digieren, reducen, adaptan y simplifican para que puedan ser ingeridos por unos adolescentes a los que nada puede decirles porque se pretende el acercamiento a ellos en clave exclusivamente contemporánea; la novela más comercial ha olvidado la enseñanza que siglos de narración haya podido dejar, porque vende el estilo directo, trepidante, la acción; la valoración de los hechos y logros del pasado se realiza desde posturas tan actuales que alcanzan, incluso, la ridiculización de quienes con su esfuerzo y su punto de transgresión pusieron los ladrillos de nuestra contemporaneidad. Juan Ruiz es un machista y Boccaccio también, Shakespeare es antisemita y a Quevedo le pierde su homofobia. Fin del acercamiento a la tradición.

En ocasiones, los que disfrutamos con las humanidades en su sentido más amplio chocamos con el enemigo en nuestra propia casa, un enemigo procedente de diferentes escuelas obcecado en afirmar el sinsentido de la historia literaria, como si ésta se redujese al catálogo de autores y obras de un determinado periodo. Pero la historia, y la de la literatura también, es mucho más. Es comprender el por qué se produjo algo, por qué se compuso o creó, cuáles fueron las causas que lo determinaron, qué supuso para sus contemporáneos. La historia literaria no debe aprenderse, sino aprehenderse. Sólo de esa manera podremos enfrentarnos a nuestro mundo actual y comprobar, como escribió Antonio Machado, que “hoy es siempre todavía”.

¿Muere Público?

El diario Público entra en concurso de acreedores. Hay quienes apoyan al medio en estas horas bajas y también quienes se alegran a mandíbula batiente. Por supuesto, afloran los que dicen sentirlo, aunque se note una contenida felicidad que subyace bajo las líneas. Un episodio más de dos Españas que se enfrentan por casi todo.

Visto desde fuera, lo cierto es que nunca me ha parecido un diario con mucho futuro, en su versión impresa, se entiende. No soy sociólogo, pero el receptor al que se dirige no me parece ser un colectivo que compre periódicos. Su consumidor potencial se informa a través de la Red y pica aquí y allá; lee algunas de las opiniones publicadas, pero ignora otras, las contrasta con otros puntos de vista, quizás. Navega por la información, en definitiva. En mi caso, hace ya mucho que renuncié a comprar periódicos porque aquello que me gustaba leer no estaba todo en el mismo sitio, porque he buscado la información navegando entre el oleaje en vez de hacerlo en una lago tranquilo, donde casi todo cuadra y responde a un objetivo preconcebido. No quiero decir con lo anterior que los lectores de prensa física compongan un manso rebaño, ni mucho menos. Sin embargo, aquellos que nos manejamos con soltura en la Red pronto descubrimos las bondades de una búsqueda activa de la información y prescindimos de la atadura de unos proyectos ideológicos tan marcados como los que se esconden tras las principales cabeceras nacionales. Hoy Público ha sido herido de muerte; mañana -supongo- lo serán otros. Quizás, en el fondo, los problemas de los medios acaben por convertirse en algo bueno si traen como resultado una ciudadanía más activa y menos adocenada; quizás acabe siendo algo positivo si se consigue que las filas no estén tan prietas.

Al pan, pan; y al vino, gaseosa

“Intelijencia, dame
el nombre esacto de las cosas!
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.”

Juan Ramón Jiménez, Eternidades (1918)

 

Posiblemente sea una exageración, pero siempre he creído que el lenguaje modela la realidad. La historia -sobre todo la más reciente- aporta numerosos ejemplos de gobernantes que retuercen el idioma para aludir a realidades no del todo satisfactorias o para orientar la percepción del público en la dirección deseada. Recuerden, por ejemplo, la antológica pirueta que supuso el sintagma “democracia orgánica” en tiempos de Franco o el ”OTAN, de entrada no”, juego de palabras sin igual empleado por el PSOE de los años ochenta. Más recientemente hemos asistido a la entronización de eufemismos como “daño colateral” e “incursiones aéreas” con los que se pretendía suavizar la cruel realidad de los bombardeos sobre Irak. Y no podrá negarse la brillantez lingüística de la expresión “desaceleración económica” en la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, así como la esperanza que aquellos “brotes verdes” hacían presagiar y que, al fin, quedaron en “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”.

Hace unos días parecía que la danza lingüística tocaba a su fin. El flamante presidente Mariano Rajoy anunciaba a bombo y platillo en el debate de investidura su apuesta por llamar “al pan, pan; y al vino, vino”. No obstante, escasas jornadas después el Gobierno se ha descolgado con un paquete de medidas entre las cuales se cuenta la subida del IRPF, al que se alude con la espléndida construcción “gravamen de solidaridad”. No sé si se habrá meditado mucho la expresión, pero hay que reconocer su brillantez. Por una parte oculta la realidad de una subida de impuestos, que suena a política socialdemócrata -¡Satanás!- y, además, el Partido Popular había negado que fuera algo planteable por el nuevo ejecutivo. Sin embargo lo más interesante reside en el juego de connotaciones que duermen bajo el sustantivo “solidaridad”: proyecto nacional, todos a una, compartir el sufrimiento, arrimar el hombre, mirar al prójimo, junto podemos, a por ellos. Y además es Navidad, cosa que no debe olvidarse. La única pega es que desde el principio el pan ha dejado de llamarse pan para denominarse “complemento nutricional rico en hidratos de carbono”, mientras que el vino ha pasado a ser un “fluido moderadamente alcohólico”. Cosas del lenguaje.

Crónicas de sociedad

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de la Villebaune,
gentilhombre.

 

Las veladas líricas de la duquesa de Clignanterre se han convertido en los últimos años en un fenómeno social parisino. A ellas asisten, casi como a una ceremonia secreta, poetas y nobles, soldados y banqueros. Las convocatorias resultan de lo más misterioso, pues los invitados encuentran al despertar un sobre color marfil sobre la almohada y en su interior una nota deliciosamente caligrafiada por la mano de la propia duquesa. El aroma que desprende el papel impregnado en agua de magnolias -el olor que emana de tan singular señora- se aferra a los sentidos y permanece latente entre los pliegues corporales hasta el mismo instante en que la velada termina con el recitado de un poema compuesto ex profeso por la anfitriona.

Se cuenta que la percepción de la realidad cambia dramáticamente desde que la invitación es recibida hasta el fin del acto cultural. Una tonalidad azulada, fría, quizás, aunque de indudable elegancia, domina en objetos, vestidos y rostros. “Somos seres transformados por la gracia concedida”, me han susurrado innumerables veces quienes tuvieron la fortuna de ser invitados a alguna de estas reuniones. “Por el poder de la palabra, las pequeñeces del mundo sensible son dinamitadas -comentó un antiguo oficial de La Grande Armée, veterano de Smolensko-. Los primeros lectores, gente desconocida en el gran mundo parisino, son la vanguardia que abre brecha en las defensas pragmáticas con que todos nos protegemos. Tras ellos llegará el núcleo del ejército lírico para derrotarnos y, al fin, la voz melodiosa de la Clignanterre tomará posesión del campo del honor. ¡Bendita derrota!”. Todos los testimonios coinciden en que las veladas suponen un verdadero renacimiento, una suerte de epifanía de la que beber en días subsiguientes: abandonan el palacio transformados y plenos quienes llegaron envueltos en rutina y alienante laboriosidad.

De la duquesa se sabe poco. No se prodiga en actos sociales ni pasea a caballo o en carruaje por los nuevos bulevares con que el Emperador ha embellecido la ciudad. Jamás se la ha visto en la ópera y de su aspecto físico solamente se destaca la dominante azulada. Ni siquiera aquellos que han asistido a más de una velada son capaces de describir los rasgos que conforman el rostro de tan singular señora. Simplemente aluden de manera vaga a su altísima belleza, a lo incomparable de su mirada y al terciopelo de una voz que rinde a quien la oye. Y al aroma, por supuesto, esa fragancia de purísima magnolia que envuelve la existencia de los pocos afortunados. Resulta tan misteriosa la anfitriona que muchos redactores de gaceta han intentado reconstruir con los retazos de información conocida la biografía de la dama. Sin embargo, por extraño que parezca, les ha sido imposible engarzar más de un dato en un texto coherente. “Llega un momento -me comentaba un viejo conocido- en que es imposible enlazar una palabra más. En ese instante, como suele ser habitual, se vuelve a las páginas precedentes para releer lo escrito; pero un vacío inesperado invade el corazón y todo pierde sentido. La única solución es arrojar los papeles a la chimenea”. Me consta que las palabras de este gran amigo podrían ser corroboradas por tantos como han intentado similar empresa, de modo que el resultado de tan sorprendentes circunstancias es un manto de anonimato y vaguedad sobre la personalidad de la anfitriona parisina más admirada del momento.

Posiblemente porque el destino de estas Memorias no sea la publicación, sino, más bien, poner en orden un entorno complejo y a menudo incomprensible, mi tarea de reconstrucción ha podido llegar algo más lejos. Aun asumiendo que nada concreto puedo aportar sobre el personaje, he conseguido rescatar un dato relevante que pudiera arrojar algo de luz. En los archivos de la Conciergerie es posible consultar el listado de personas ajusticiadas en los tiempos del Terror. Buscaba no hace mucho algo de información para un proyecto que llevo décadas retrasando cuando el puro azar colocó ante mis ojos el nombre de Clignanterre. La duquesa, último miembro de su estirpe, sin descendencia, como pude comprobar más tarde, fue conducida a la guillotina en la mañana del 24 de enero de 1794. Tenía veintisiete años y, según se afirma en una nota crítica publicada en Le Père Duchesne, “quiso caminar hacia el cadalso vestida de azul, como si la muerte entendiese algo de simbologías cromáticas, de azul borbónico o de flores de lis”.

Han transcurrido casi setenta y cinco años desde entonces, y la razón dicta que la Clignanterre de las famosas veladas de hoy no puede tener relación con aquella que afrontó su hora decisiva envuelta en color azul. No obstante, es absolutamente cierto que la estirpe y el título murieron aquella gélida mañana de invierno y que ninguna referencia posterior a dicho nombre puede encontrarse. Se hace evidente, pues, la impostura de quien hoy quiere capitanear la vida social parisina cultivando el misterio sobre su persona para ocultar así su mentira. Sin embargo, hay en todo cuanto rodea al personaje un halo de misterio que impide conformarse con una explicación tan simple, racional y pragmática. La insistencia de quienes han mantenido algún contacto con la señora en la dominante azul, en el repentino olvido de su rostro o en la fragancia de magnolias no hace sino enviarnos a un pasado ya lejano que no parece haber muerto completamente.

Es la moral, estúpido

I will be goodDe apreturas venimos; hacia estrecheces caminamos. Hay que asumir los ajustes económicos, el sufrimiento, la pérdida de ciertas garantías sociales: “Es la economía, estúpido”. Son tan oscuros los tiempos que los espesos nubarrones impiden ver más allá del recorte, la subida de impuestos, el crecimiento del paro, la deuda soberana y los mercados, sean éstos quienes sean. Hemos de asumir, parece, las circunstancias si no queremos caer en posiciones tachadas de ridículas, “buenistas”, peticiones de lunas y demás imposibles. Hemos de aceptar, nos dicen, el tijeretazo porque no hay más salida. Pero, ¿para qué? ¿qué se pretende lograr más allá del indispensable tratamiento de nuestro maltrecho sistema económico y el incremento de los índices de empleo? Es evidente que alcanzar los anteriores objetivos es válido por sí mismo, que con ellos se recuperaría una parte de la felicidad perdida y el país se acercaría de nuevo a ese bienestar que se nos escapa entre los dedos. Sin embargo, mientras se logran tales finalidades, y aceptando como axioma que el camino de la ascesis es el único posible, solamente se ofrecen al ciudadano el sacrificio como consuelo y la economía como herramienta.

Yo quiero creer que la legislatura que ahora comienza podría servir para más. Concentrar esfuerzos en la terapia económica no tiene por qué suponer una renuncia a otros aspectos relacionados con la regeneración del país: mayor vertebración social y geográfica, mayor igualdad entre habitantes, mayor control de los comportamientos desviados, mayor independencia de los poderes; quizás un proyecto común, un sueño que sea España, una ilusión más allá de la materialidad necesaria y terrible. Me da la impresión de que tanto recurso a la dificultad económica puede acabar por convertirse en una excusa utilizada para no afrontar otras problemáticas nacionales que una y otra vez se retrasan. ¿Seguimos con el mismo modelo de estado o pueden introducirse ciertos cambios en él? ¿Buscamos una maopr igualdad entre los habitantes de todos los territorios? ¿Garantizamos unos mínimos estratégicos para todos los ciudadanos? ¿Deben alterarse algunas reglas para adaptarlas al juego de nuestro tiempo? Es seguro que sonará a ciencia ficción, pero, a veces, pienso que esta crisis podría aprovecharse para una regeneración ilusionante. Como si de un ave fénix se tratase, sueño con una España que renazca de sus cenizas económicas con un proyecto compartido que incite a soportar las estrecheces que nos aguardan. Quizás esté desvariando, no obstante, quiero creer que muchos españoles se involucrarían en un proyecto doloroso si el resultado final perseguido fuese una nación más justa, transparente, igualitaria y sensata. Ya que deben acometerse cambios de calado, ¿por qué no hacerlo para alcanzar una sociedad mejor que la anterior? Pero ya sé que estas ideas no son más que política-ficción, posiblemente.

El chocolate del loro

Dan por la radio una noticia peculiar: esta mañana se ha producido en La Línea de la Concepción una cuestación popular con la que se pretende paliar la situación de la policía municipal. Por si no lo saben, llevan ya seis meses sin cobrar, creo. Me dirán que hay muchas personas en similar situación o, incluso, peor. Evidentemente es así, pero no por ello deben cerrarse los ojos ante lo dramático de la situación: trabajas, sí, pero sin cobrar; haces guardias, intentas que se cumpla la ley, sí, pero sin cobrar. Otros están en paro, es verdad; pero no por eso hay que olvidar que estos servidores públicos también tienen la mala costumbre -¡Ay, esta gente!- de comer a diario. Igual hasta tienen que pagar hipotecas; igual hasta terminan perdiendo la casa. Todo puede pasar.

Mientras tanto, hace unos días, los Padres de la Patria se han incorporado a sus escaños. La representación sacrosanta del pueblo español democráticamente elegida en las urnas ha recibido su acta de diputado, y su kit tecnológico para “bienlegislarnos”. También habrán cobrado sus sueldos, supongo, y lo harán los próximos meses. Son servidores públicos y se merecen eso y más. Porque ellos lo valen, algunos recibirán más de una nómina, o de dos o de tres. Sí, se merecen eso y más. Su dedicación al ciudadano (yo conozco a la perfección a quienes han sido elegidos en mi circunscripción, ¿ustedes no?) debe encontrar un refrendo económico: la democracia hay que sostenerla entre todos, aunque sea a costa de los ingresos del sector público, aunque sea a costa de renunciar a ciertos logros sociales, aunque sea a costa de ciertas garantías laborales.

No quisiera que se entendieran estas palabras como una negación del derecho del político a recibir un salario. No es eso, no. Deben cobrar un buen sueldo, por supuesto. Sin embargo, con la que está cayendo y la que parece que va a caer, ¿no sería momento de que el ciudadano de a pie viese ciertos gestos? Una renuncia al kit tecnológico, por ejemplo, o a algunas dietas, desplazamientos, complementos, gabelas varias. Es más, ¿sería mucho pedir que no se pudiesen acumular sueldos? Lo digo por aquello de la solidaridad y lo del Debe y el Haber: ¿cuántas nóminas de policías municipales de La Línea podrían abonarse suprimiendo algunas de las cosillas que sus señorías ingresan? Ya sé que medidas así serían “el chocolate del loro”; pero tal y como está la cosa es hora de que el loro también note que no hay chocolate para todos. Si hay que ser austeros, seámoslo todos. Como dijo Fernando VII, más o menos: “Marchemos todos, y yo el primero, por la senda de la austeridad”. Pero vayamos todos, todos. Hasta el loro.

Viajes musicales: Estados Unidos

Puede tomarse un avión y llegar y ver y palpar el Nuevo Mundo. También puede encenderse un reproductor musical y poner en funcionamiento la imaginación y los sentidos.

Nueva York, sin duda la primera parada del viajero que llega desde Europa a Estados Unidos. Con sus luces y sus sombras, la puerta de este país y el lugar que representa como ninguno la esperanza en un futuro mejor: “Quiero despertar en la ciudad que nunca duerme y sentirme el rey de la colina”. John Kander y Fred Ebb compusieron en 1977 la canción emblemática de la ciudad para ser el núcleo del filme homónimo de Martin Scorsese. La voz, sin discusión, Liza Minnelli.

Es probable que tras el primer golpe de optimismo la realidad nos termine por alejar de las esperanzas vanas. Las calles de Filadelfia, impregnadas de melancolía, se acaban imponiendo. El terciopelo de la voz de Bruce Springsteen nos anuncia que el viaje hacia el oeste no será un camino de rosas, sino que el dolor y la desigualdad también forman parte de la nueva Tierra Prometida.

Tras la civilizada costa este, el viaje nos conduce por las tierras de Dixie hasta una polémica. En 1970, Neil Young publicó la canción “Southern man” y en 1974 “Alabama”. En ambos temas expresaba su oposición a la desigualdad racial que, pese a los intentos de cambio, parecía perpetuarse en los estados del Sur.

La actitud de denuncia del cantante canadiense no fue bien recibida por los sectores más conservadores del profundo Sur y pronto encontró respuesta en un tema del grupo Lynyrd Skynyrd, convertido hoy en un emblema de la música rock que pocas personas fuera de Norteamérica se paran a analizar. Ética y música parecen recorrer caminos divergentes.

Tras la etapa sureña, el viaje de este a oeste nos conduce a la costa del Pacífico. Ahí, una etapa musical que devuelve la esperanza en un mundo mejor. Scott McKenzie invita a tocarse la cabeza con flores y adentrarse en San Francisco. Corría el año 1967 y parecía que las relaciones entre los seres humanos podían refundarse sobre nuevos principios.

El viaje ha llegado a su fin. En el camino hemos encontrado esperanzas y fracasos, denuncia y afirmación de una determinada forma de vida. Sólo queda resumir y para ello, de nuevo, nada mejor que la música. Springsteen, con su “Born in the U. S. A” grita su protesta contra una sociedad que tan pronto encumbra como olvida a sus hijos.

Y frente al Boss, Antonin Dvorak con su Sinfonía del Nuevo Mundo compuesta en1893 durante la estancia del músico en Estados Unidos. La música del compositor checo nos habla de esperanza, de sorpresas, de futuro, de integración de culturas; nos habla de la que entonces todavía era vista como una nueva Tierra Prometida. Después la historia siguió su curso para componer una realidad compleja, capaz de ilusionar y desilusionar en partes iguales.

Quita tus manos del poema, por favor

Dice Alguien:

- Oye, ¿y qué te parece Lorca?

Contesta Otra persona:

- ¡Uy, pues muy bien! Sí, Lorca está muy indicado para tratar la sexualidad.

Tanto “Alguien” como “Otra persona” se quedan tan panchos. Pongámonos en situación. Ambos interlocutores están preparando una actividad transversal de coeducación y hay que echar mano de un soporte. Los textos literarios son una buena base y si se trata de un autor tan renombrado, publicitado y conocido -más por su nombre que por la lectura de su obra, lamentablemente- mejor que mejor. Sí, “Lorca está muy indicado” para estas cuestiones. Para el dolor de cabeza, sin embargo, está más indicado el paracetamol. No obstante para las relaciones entre sexos Lorca es ideal. Es lógico, porque su homosexualidad garantiza una perspectiva ajena a lo convencional, deben pensar quienes dialogan. ¿Y los gitanos de sus romances? ¿Y los negros de Poeta en Nueva York? Bueno, ahora estamos centrados en la situación de la mujer, así que Bernarda Alba, Yerma y cosas así. Pero, ¿no se quería referir Lorca a la marginalidad, más allá de la raza o el sexo? No, no, sutilezas no: hay que ser prácticos y disciplinados.

No negaré que la obra del poeta granadino puede ofrecer algún que otro texto que posibilite el acercamiento transversal-lúdico-integrador. Hay fragmentos muy jugosos que muestran la sinrazón de la diferencia entre los sexos y el papel subalterno de la mujer en el medio tradicional. El problema reside no en que Lorca sirva o no, sino en que el joven se acerque a Lorca porque sirve para algo. Iluso de mi, que pienso que lo mejor que tiene la lectura es que no sirve para nada concreto, que no está indicada para nada de antemano. Solamente de esa manera se podrá leer a Lorca, a Brecht, a Pound, a Perse, a García Nieto, a Celaya o a Joseph Roth sin complejo de culpa. Leer sus textos, disfrutarlos o abandonarlos y, en algún caso, conectarlos con otras ideas. A la inversa no vale, es trampa. Y si hacemos trampas yo no juego.

Literatura medieval en 1º de Bachillerato. La batería.

Ya sé que no es una aportación muy innovadora, pero no se puede estar siempre a la última. Por si a alguien le sirven, aquí os dejo la batería de recursos que he empleado para enfrentarme a la Literatura medieval en 1º de Bachillerato. No los he querido presentar siguiendo ningún orden prefijado, sino a modo de batería de recursos que cada profesor pueda distribuir, ordenar, mezclar u olvidar a gusto.

Retórica bélica: ¿cómo se narra una batalla?

Desde que Homero compuso la Ilíada ha existido en occidente una manera determinada de contar las batallas. En casi todas las ocasiones, el relato de la batalla incorpora una serie de motivos imprescindibles:

  • La hora mitológica de comienzo y final.
  • La visión del mapa mundi o de la geografía en la que se desarrolla.
  • La arenga a los ejércitos que busca enardecer los ánimos y convencer de la necesidad de los actos bélicos.
  • El establecimiento de una estrategia determinada.
  • La presentación de los ejércitos contendientes, tanto desde una visión global como aterrizando en los héroes o capitanes más significativos.
  • El relato de la batalla en sí, también desde una perspectiva global e individual.
  • El reparto del botín obtenido después de las acciones armadas.

Estos elementos aparecen tanto en las obras literarias como en las narraciones históricas o en las representaciones plásticas. Como no podía ser de otro modo, el cine también los ha incorporado en aquellos filmes que se ocupan de la temática guerrera.

Tarea.-

Para comprobar esta afirmación te propongo un ejercicios de comentario y comparación entre textos de naturaleza diferente. Sigue los pasos que te indico a continuación:

1. Visualiza el corte de los primeros 10 minutos de la película Gladiador, del director norteamericano Ridley Scott.

 

A mi señal, ira y fuego from Gran Miki on Vimeo.

2. Realiza en tu procesador de texto un breve comentario de dicha secuencia en el que indiques cómo incorpora el director los distintos elementos de la retórica bélica.

3. Lee los textos que figuran en el segundo apartado de la antología del Poema de Mío Cid titulado “Las batallas”.

4. Añade a tu anterior comentario una comparación entre la forma de narrar la batalla en el filme y en el cantar de gesta.