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Una ciudad-mujer hermosa se recuesta a orillas del Mondeo y deja que el tiempo la acaricie. Son sus señas de identidad una catedral que más parece fortaleza, una universidad que vigila desde lo alto de la montaña, iglesias deslumbrantes de sorprendente barroquismo, murallas y arcos, estrechas calles para pasear y plazas donde descansar. Una delicia portuguesa: Coimbra.

Cada uno tiene sus debilidades, es de reconocer, y la mía es la ruina polvorienta. Por eso me gusta tanto Coimbra, pues muy cerca se hallan los restos de la ciudad romana de Conimbriga y en la rivera del Mondego, justo enfrente de la ciudad antigua, el monasterio de Santa Clara a Velha.

En 1283 se fundó la institución en la que pocos años después se recluiría la Reina Santa portuguesa. Fue Isabel de Portugal quien mandó edificar un nuevo templo de estilo gótico sobre el primitivo, de manera que en la construcción que hoy puede visitarse conviven los arcos de medio punto y los ojivales.

Y todo el bosque de arcos sigue viviendo bajo la protección de una altísima bóveda de crucería que el visitante no puede dejar de mirar.

Pero no todo lo que ofrece Santa Clara a Velha es el templo. En su lateral puede ahora disfrutarse de los claustros por los que debió pasear y meditar la Reina, quizás pensando en qué suerte la suya al verse envuelta en las disputas que hacían sangrar la nación lusitana. Todo lo que se puede visitar desde este pasado verano ha sido rescatado después de un intenso trabajo arqueológico iniciado en 1995, ya que las crecidas del Mondego acabaron por sepultar el monasterio en el siglo XVII.

En ese exterior conviven fustes y capiteles, restos de azulejería y pavimento, piletas prisioneras de columnas…

… Caprichosas arquerías…

… Y alguna fuente que parece sentir nostalgia de un agua que es vida y muerte en Santa Clara a Velha.

Gustav Klimt, El beso

Una vez hemos acabado con el repaso de la literatura europea durante los siglos XVI y XVII, y antes de meternos de lleno en arenas ilustradas, dejo por aquí los mapas conceptuales de Romeo y Julieta. Como en otras ocasiones, son el resultado de la puesta en común que hemos hecho en el aula.

Comparto con todos vosotros una nueva presentación de los contenidos de Literatura universal (2º de Bachillerato). En esta ocasión toca la literatura renacentista y barroca, así como la variante clasicista francesa.

Hombres que juegan a ser dioses, rebelión de las criaturas, intriga política, juegos transtextuales, estudio de caracteres, paralelismos bíblicos, ciencia ficción, heroísmo, dignidad, delgadas fronteras entre lo humano y lo artificial, amor y deber, respeto a la palabra, supeditación al bien común, búsqueda del Absoluto…. Todo eso y mucho más en el remake de 2003 de la mítica serie de televisión Galáctica, estrella de combate.

Final

Los amantes de Mantua

Los amantes de Mantua

Competí con el sol escondido bajo las sombras de un jardín florido, fui vapuleado por una diosa ingrata entre canales y campos venecianos, bailé con la muerte en la sala de un palacio y una calle de Mantua sirvió como refugio a mi desolación. Hoy, en este cementerio, se certifica lo que soy: un pobre muchacho convertido en instrumento inconsciente de un plan secreto. Todo acaba sobre esta losa, amores y también odios. Asistid a mi fin, llorad mi desventura y congratulaos porque el mundo, al final, parece estar bien hecho.

Poesía y TIC

Origen imagen: losalierisdegutenberg.blogspot.comLa creación poética se nutre de su entorno, pienso yo. Por ese motivo es lógico que las tecnologías de la información y la comunicación y cuanto las rodea se conviertan también en referente de textos líricos. Hasta ahora, solamente las había encontrado en clave satírica, laudatoria o urgente en ciertos blogs, como los del Tigre, Elisa o el de quien esto suscribe. Sin duda habrá muchísimos más ejemplos, pero mis lecturas son, ciertamente, limitadas.
Sin embargo, también hay poetas de verso en pecho que no renuncian a introducir el mundo de las TIC en sus universos líricos. Es el caso del mexicano José Emilio Pacheco -a quien dediqué una entrada homenaje no hace mucho-, que en su libro Siglo pasado (1999-2000) ya incorpora dos poemas sobre la cuestión. La visión que nos ofrece el poeta no es excesivamente positiva; más bien da la impresión de estar dominado por la nostalgia de quien sabe que una forma de trabajar, de leer y de vivir está llegando a su fin. Se reconoce Pacheco usuario agradecido de la innovaciones tecnológicas, pero crece cuando estas mueren en una subida de tensión que mata su Windows o en el momento de enfrentarse con la palabra desnuda sobre el papel, sin iconos de formato o scrolls de pantalla.
En fin, supongo que el poeta es como tantos de nosotros que vivimos en este debate constante.

Derrota de Bill Gates
Después del gran calor y el brillo intolerable del sol,
la tormenta eléctrica,
la lluvia que no anunció su llegada.
Y el trueno inmenso, emperador de los aires,
hace que el mundo estalle en los conductores eléctricos,
borra la luz,
nos deja en tinieblas incomputables
y nos vuelve por un instante
sombras de un mundo antiguo sin electrónica,
aprendices de espectro, aire en el aire.

Página
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gusta mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.

José Emilio Pacheco, En resumidas cuentas, Madrid, Visor, 2004.

Ayer recordaba Felipe el aniversario de la reunión de poetas en el Ateneo de Sevilla del año 1927. Muchos de nosotros tenemos grabada la imagen de diez personajes -jóvenes y no tanto- en torno a una mesa, comedidos, con caras de circunstancias, cabizbajos, en algún caso. Fue el acto que acabó dando nombre al más impresionante grupo de poetas que ha dado España.
Pero en esa fotografía no estaban todos. Entre otros, faltaba un muchacho malagueño, enfermizo, tímido y retraído, según cuentan: Emilio Prados. Sin él, el 27 hubiese sido otra cosa, porque probablemente Litoral no se hubiera convertido en una de las revistas catalizadoras del grupo. Siempre me ha parecido una tremenda injusticia que el pobre Emilio no estuviese en Sevilla, que no saliese en la foto, como tampoco apareció en ella el otro baluarte de la revista, Manuel Altolaguirre. De hecho, creo que sería un buen desagravio que un diseñador avezado añadiese, aunque fuese en una esquinita del encuadre, los rostros de los dos poetas que tanto se desvelaron por el grupo y por sus obras.
Y como yo no manejo con solvencia Photoshop, he de limitarme a publicar unos poemas de Prados en el día en que se conmemora la reunión sevillana en la que no participó.
De sus primeras obras, el poema “Alba rápida” siempre me ha entusiasmado por la sucesión de exclamaciones que elevan la intensidad del texto hasta el mismísimo último verso en que todo se detiene: ha amanecido.

¡Pronto, deprisa, mi reino,
que se me escapa, que huye,
que se me va por las fuentes!
¡Qué luces, qué cuchilladas
sobre sus torres enciende!
Los brazos de mi corona,
¡qué ramas al cielo tienden!
¡Qué silencios tumba el alma!
¡Qué puertas cruza la Muerte!
¡Pronto, que el reino se escapa!
¡Qué se derrumban mis sienes!
¡Qué remolino en mis ojos!
¡Qué galopar en mi frente!
¡Qué caballos de blancura
mi sangre en el cielo vierte!
Ya van por el viento, suben,
saltan por la luz, se pierden
sobre las aguas…
                     Ya vuelven
redondos, limpios, desnudos…
¡Qué primavera de nieve!
Sujetadme el cuerpo, ¡pronto!,
¡que se me va!, ¡que se pierde
su reino entre mis caballos!,
¡que lo arrastran! , ¡que lo hieren!
¡que lo hacen pedazos, vivo,
bajo sus cascos celestes !
¡Pronto, que el reino se acaba!
¡Ya se le tronchan las fuentes!
¡Ay, limpias yeguas del aire!
¡Ay, banderas de mi frente!
¡Qué galopar en mis ojos!
Ligero, el mundo amanece…

En la década de los 30, el verso de Prados cambia y se tiñe de sonidos negros. El contacto con el Surrealismo, la situación política, la amistad con unos Alberti y Aleixandre volcados hacia la poesía impura, toda su realidad acaba llevándole cerca del abismo:

Me asomé, lejos, a un abismo…
(Sobre el espejo que perdí he nacido.)
Clavé mis manos en mis ojos…
(Manando estoy en mí desde mi rostro.)
Tiré mi cuerpo, hueco, al aire…
(Abren su voz los ojos de mi sangre.)
Rodé en el llanto de una herida…
(Nazco en la misma luz que me ilumina.)
Se coaguló mi llanto en sombra…
Carne es la luz y el nácar de mi boca.)
Dentro de mí se hundió mi lengua…
(Siembro en mi cielo el cuerpo de una estrella.)
Se pudrió el tiempo en que habitaba…
(Brota en mi espejo un cielo de dos caras.)
Huyó mi cuerpo por mi cuerpo…
(Bebo en el agua limpia de mi espejo.)
¡A mi existencia uno mi vida!
(Espejo sin cristal es mi alegría.)

Después vendrá la Guerra Civil, el fracaso de las esperanzas y el exilio. Poco después de llegar a Veracruz, Emilio Prados compone uno de los más impresionantes poemas sobre los paraísos perdidos.

Cuando era primavera en España:
frente al mar, los espejos
rompían sus barandillas
y el jazmín agrandaba
su diminuta estrella,
hasta cumplir el límite
de su aroma en la noche.

Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
junto a la orilla de los ríos,
las grandes mariposas de la luna
fecundaban los cuerpos desnudos
de las muchachas
y los nardos crecían silencios
dentro del corazón
hasta taparnos la garganta.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
todas las playas convergían en un anillo
y el mar sonaba entonces,
como el ojo de un pez sobre la arena,
frente a un cielo más limpio
que la paz de una nave, sin viento, en su pupila.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
los olivos temblaban
adormecidos bajo la sangre azul del día,
mientras que el sol rodaba
desde la piel tan limpia de los toros,
al terrón en barbecho
recién movido por la lengua caliente de la azada
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
los cerezos en flor
se clavaban de un golpe contra el sueño
y los labios crecían
como la espuma en celo de una aurora,
hasta dejarse nuestro cuerpo a su espalda,
igual que el agua humilde
de un arroyo que empieza.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
todos los hombres olvidaban su muerte
y se tendían confiados, juntos, sobre la tierra
hasta olvidarse el tiempo
y el corazón tan débil por el que ardían.
Cuando era primavera.

Cuando era primavera en España:
yo buscaba en el cielo.
yo buscaba
las huellas tan antiguas
de mis primeras lágrimas
y todas las estrellas levantaban mi cuerpo
siempre tendido en una misma arena,
al igual que el perfume, tan lento,
nocturno, de las magnolias.
Cuando era primavera.

Pero, ¡ay!, tan sólo
cuando era primavera en España.
Solamente en España,
antes, cuando era primavera.

Prados acaba adaptándose al que será su nuevo país, México, y con esa adaptación crece como poeta. Sin embargo, pese a que su verso se hace más íntimo, cerrado y hasta cierto punto hermético, de vez en cuando el olor de lo perdido se le aparece en forma de palabra o de almoraduj:

Tan chico el almoraduj
y… ¡cómo huele!
Tan chico.
De noche, bajo el lucero,
tan chico el almoraduj,
y ¡cómo huele!
Y cuando en la tarde llueve,
¡cómo huele !
Y cuando levanta el sol,
tan chico el almoraduj,
¡cómo huele !
Y ahora que del sueño vivo,
¡cómo huele,
tan chico, el almoraduj!
¡Cómo huele!…
Tan chico.

Más poemas en A media voz.

Tengo alojadas en mi cuenta de Flickr tres imágenes que intuyo están relacionadas. Las tres aluden, creo, a la falta de libertad; las tres tienen a la palabra como elemento unificador. Por lo demás, son muy diferentes y las tomé en respuesta a intenciones distintas. No son fotografías de las que me sienta especialmente orgulloso; sin embargo, llevan tiempo rondándome, me hablan y protestan porque no las he utilizado aún. Su tiempo, me dijo una, está pasando, se siente vieja y desaprovechada. “Lánzame”, me rogó, “de cualquier manera, no importa. O bórrame y olvídate de mí”.

Hoy quiero ser justo con ellas. Fueron tomadas para ilustrar este blog y en él deben figurar, aunque no tenga en este momento demasiado clara la vinculación entre las fotos ni la pertinencia de su publicación ni el sentido de esta entrada.

La primera de ellas la tomé para no olvidar la niñez, la calle y las inocentes diversiones que a menudo terminaban con la persecución de una paloma o un gorrión: “Niño, deja ya ese pájaro”, “Dios te castigará”.

Había poco con lo que entretenerse, una pelota desinflada, unas piedras, algún árbol al que subirse y muchos pájaros. Quizás éramos niños más libres que los de ahora; no sé si más felices, no sé si más crueles. Posiblemente éramos simples criaturas que pasaban las tardes en la calle, vigilados de lejos por la mirada de algún adulto, olvidados mientras crecíamos y nos hacíamos hombres y mujeres de provecho.

Algunas tardes de verano salíamos con algún dinero para comprar un helado en la tienda de ultramarinos. Los helados que vendían en mi calle eran de fresa, de vainilla o de chocolate. También había polos de nieve, de naranja o limón; pero los que más nos gustaban eran los cucuruchos de máquina, que tomábamos en un suspiro para que el calor de la tarde no derritiese y pringase nuestros dedos. Con ellos -bien separados del cuerpo, si no queríamos que la riña fuese monumental- paseábamos por la acera, entrábamos en los portales, en las pocas tiendas de la calle y nos acercábamos al kiosko. Nunca encontramos un cartel que prohibiera el acceso. Todo parecía estar a nuestro servicio y no sé qué hubiese sentido entonces si en la puerta de la papelería, por ejemplo, un cartel me hubiese hurtado del placer de acariciar el último número e la revista Mortadelo y de besar a la vez el frío embutido en un barquillo crujiente.

La tercera fotografía apunta hacia algunos años después. Acabada ya la primaria, un espacio de relativa libertad se abría en nuestras vidas de colegiales. De vez en cuando, la atracción de la calle nos forzaba a abandonar el aula y paseábamos de nuevo por las aceras, ocultándonos de los adultos que creíamos conocer. En esos momentos, los jardines cercanos se ofrecían como lugar de encuentro. Ocultos entre los árboles, armados de risas, algún cigarrillo y rotuladores, estampábamos en el banco del parque nuestro momento liberador: “Nos hemos escapado del colegio”. Y bajo el texto, una fecha que dejara constancia de nuestro acto de valor.

Ahora que ha llegado el final de esta entrada he encontrado, por fin, la conexión entre las tres imágenes. En ellas encuentro libertades y restricciones, placeres, niñez, una calle, un barrio, y a la ausencia de todo lo que un día fue, me temo.

A quien pueda interesar

Pues le han dado el Cervantes al mexicano José Emilio Pacheco, un poeta de esos que se entienden. Aparentemente. Verso sencillo y directo, ideas claras.

Que otros hagan aún
el gran poema,
los libros unitarios,
las rotundas
obras que sean espejo
de armonía.
A mí sólo me importa
el testimonio
del momento que pasa,
las palabras
que dicta en su fluir
el tiempo en vuelo.
La poesía que busco
es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida.

Yo también busqué en otra época -¡Ay, pecados de juventud perdida!- una poesía que fuese como un diario, pero la cosa se me complicó de tal manera que acabó llenándoseme el verso de vacío en fondo y forma. Hube de abandonar. No había salida.
Por eso admiro a los poetas capaces de mirar a su alrededor y a sí mismos, sumar uno más uno y conseguir, sin apenas esfuerzo, una declaración de principios:

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Y, ahora, han premiado a Pacheco, y es hora de leerlo. Sin prisas. Sin pausa.


Terminando con Boccaccio

Con retraso sobre el plan previsto, esta semana hemos concluido en clase el estudio del Decamerón de Boccaccio. Como actividad final propuse una investigación sobre la vida y obra del autor a partir de un conjunto de cuestiones. Tras la búsqueda de la información dedicamos tres sesiones a la puesta en común de la misma. El resultado del trabajo colectivo he intentado resumirlo en los esquemas que dejo a continuación por si a alguien pudiera servir.

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