Laberinto de ideas

laberinto menaSon lugares curiosos los transportes públicos. En ellos pasamos demasiado tiempo, y como la prisa, las urgencias y los deseos no esperan nos vemos obligados a manifestarnos ante la mirada del otro en gestos y actos que, quizás, debieran formar parte del secreto.

La mayoría de las personas suelen emplear el tiempo del viaje en observar a los demás con la intención de adentrarse en sus intimidades o en disimular que en realidad observan valiéndose de mecanismos variados, como es el aparentar que escuchan música a través de auriculares supuestamente conectados a algún reproductor. A mi no me engañan. Yo sé que simplemente observan y que las miradas perdidas que atraviesan cuerpos y almas no son más que fingimientos para que el destinatario de tales inquisiciones no levante un escudo protector que impida un diagnóstico atinado y preciso.

Hay otras personas que acostumbran a leer, por ejemplo, y se desnudan ante la mirada inquisitorial de los que, en cambio, preferimos sencilla y descaradamente observar. Leen el periódico gratuito de turno con una atención digna casi de lástima; leen, a veces, algún mamotreto de esos que se encuentran en los anaqueles de las librerías; leen temarios para las oposiciones, puesto que el tiempo es poco y las fechas definitivas siempre están demasiado cerca; leen informes radiológicos, mientras una lágrima resbala por sus mejillas; leen los avisos que el monitor informativo de la empresa de transporte repite una y otra vez; y, en ocasiones, alguien abre un libro inusitado, fuera de lo normal, casi obsceno en el marco de un autobús en hora punta.

No consigo imaginar cómo resuenan las palabras añejas entre el traqueteo, la melodía metálica originada en los diminutos reproductores musicales, las conversaciones por teléfono móvil y el tamtam de los corazones sin freno ni marcha atrás. ¿Qué ritmo nuevo tendrá el dodecasílabo? ¿Cómo hará oír su voz la Fama? ¿Qué dirección tomará la rueda de la Fortuna?

Sin embargo, allí, heroica entre la turbamulta, impertérrita ante el espectáculo, mi nueva heroína -negro pelo, carne blanca, ojos negros- paseaba su mirada de uno a otro verso mientras unos largos, delicados dedos acariciaban el papel de norte a sur en espera de poder acompañarlo en su fin, que no es más que principio de una nueva vida, digo, de una nueva página.

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