Cuando la realidad imita al arte, y viceversa

Es 1861 un año importante en la vida de Gustavo Adolfo Bécquer. Ha conocido a Casta Esteban poco tiempo atrás y el 19 de mayo de ese mismo año la convertirá en su esposa, quizás para olvidar el fracaso de su relación con Julia Espín. También es el tiempo en que compone una de sus leyendas más conocidas, “Maese Pérez, el organista“, un brillante relato cuya acción se sitúa en el Convento de Santa Inés de la capital sevillana. En ese mismo año 1861, Winnefred Coghan abandona al hermano del poeta, Valeriano D. Bécquer, con quien se había casado en 1857 y del que había tenido dos hijos, Alfredo y Julia. Gustavo había sido el padrino de bautismo de la niña en 1860 y, al parecer, quien decidió su nombre como homenaje a su gran amor. La relación entre el poeta y la sobrina fue muy estrecha, hasta el punto de que será Julia Bécquer un personaje importante en la fortuna e interpretación de la obra del poeta sevillano. No es de extrañar que Gustavo Adolfo relatara algunas de sus historias a la sobrina, convertida por su nombre en recuerdo permanente de otra Julia distante y, por ello, en parte integrante del sustrato emocional de algunos de sus textos. La realidad y el arte, en definitiva, no están tan distantes como cabría pensar.

Pero todavía puede estirarse más la implicación de vida y literatura en el caso becqueriano. Avancemos una década. El 23 de septiembre de 187o muere Valeriano en Madrid y dos meses después, el 22 de diciembre, le llega la hora al poeta. Uno de sus últimos poemas aborda ese futuro inminente:

¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas. En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

Destruído en lo físico y en lo espiritual, Gustavo Adolfo Bécquer abandona este mundo con la certeza de haber fracasado en todo, también en la parcela artística. Sin embargo, la llama del hombre que probablemente sentaba sobre sus rodillas a su ahijada para contarle historias de aparecidos prendió en la pobre niña Julia, esa criatura abandonada por la madre y que había perdido al padre y al tío en el mismo año. Julia Bécquer vuelve a Sevilla en 1870, quizás acogida por algún pariente, y cinco años después, en 1875, ingresa como pupila en un convento. Había muchas instituciones religiosas en la Sevilla de aquellos años; pero Julia Bécquer -no podía ser de otra manera- escoge la congregación de las clarisas franciscanas del convento de Santa Inés. Quiero creer que en la decisión de la niña influyó poderosamente el recuerdo del padrino, la música del órgano de Maese Pérez, la atmósfera que el poeta fue capaz de construir en torno al número 1 de la calle Doña María Coronel. La realidad y la ficción, el azar y la voluntad, el olvido recordado, todo se confunde y se explica en las vidas de la familia Bécquer. Julia no llegó a profesar. Años después se casaría y tendría varios hijos, como sabemos gracias a su posterior irrupción en la discusión sobre el poeta, sobre su herencia literaria y las motivaciones de su obra. No obstante, hubo un momento en su vida en que llegó a formar parte de esa amalgama caótica en que, a menudo, se convierten el arte y la vida.

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Un pensamiento en “Cuando la realidad imita al arte, y viceversa

  1. Estupenda tu amalgama de arte y vida. Me gusta tu manera de callejear. Lástima que no puedo apreciar las imágenes sobre todo en tu entrada de abril, porque no aparecen. (Únicamente las veo si “pincho” en cada una). ¿Por qué me ocurre eso? Afectuosos saludos desde UY

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