Crónicas de sociedad

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de la Villebaune,
gentilhombre.

 

Las veladas líricas de la duquesa de Clignanterre se han convertido en los últimos años en un fenómeno social parisino. A ellas asisten, casi como a una ceremonia secreta, poetas y nobles, soldados y banqueros. Las convocatorias resultan de lo más misterioso, pues los invitados encuentran al despertar un sobre color marfil sobre la almohada y en su interior una nota deliciosamente caligrafiada por la mano de la propia duquesa. El aroma que desprende el papel impregnado en agua de magnolias -el olor que emana de tan singular señora- se aferra a los sentidos y permanece latente entre los pliegues corporales hasta el mismo instante en que la velada termina con el recitado de un poema compuesto ex profeso por la anfitriona.

Se cuenta que la percepción de la realidad cambia dramáticamente desde que la invitación es recibida hasta el fin del acto cultural. Una tonalidad azulada, fría, quizás, aunque de indudable elegancia, domina en objetos, vestidos y rostros. “Somos seres transformados por la gracia concedida”, me han susurrado innumerables veces quienes tuvieron la fortuna de ser invitados a alguna de estas reuniones. “Por el poder de la palabra, las pequeñeces del mundo sensible son dinamitadas -comentó un antiguo oficial de La Grande Armée, veterano de Smolensko-. Los primeros lectores, gente desconocida en el gran mundo parisino, son la vanguardia que abre brecha en las defensas pragmáticas con que todos nos protegemos. Tras ellos llegará el núcleo del ejército lírico para derrotarnos y, al fin, la voz melodiosa de la Clignanterre tomará posesión del campo del honor. ¡Bendita derrota!”. Todos los testimonios coinciden en que las veladas suponen un verdadero renacimiento, una suerte de epifanía de la que beber en días subsiguientes: abandonan el palacio transformados y plenos quienes llegaron envueltos en rutina y alienante laboriosidad.

De la duquesa se sabe poco. No se prodiga en actos sociales ni pasea a caballo o en carruaje por los nuevos bulevares con que el Emperador ha embellecido la ciudad. Jamás se la ha visto en la ópera y de su aspecto físico solamente se destaca la dominante azulada. Ni siquiera aquellos que han asistido a más de una velada son capaces de describir los rasgos que conforman el rostro de tan singular señora. Simplemente aluden de manera vaga a su altísima belleza, a lo incomparable de su mirada y al terciopelo de una voz que rinde a quien la oye. Y al aroma, por supuesto, esa fragancia de purísima magnolia que envuelve la existencia de los pocos afortunados. Resulta tan misteriosa la anfitriona que muchos redactores de gaceta han intentado reconstruir con los retazos de información conocida la biografía de la dama. Sin embargo, por extraño que parezca, les ha sido imposible engarzar más de un dato en un texto coherente. “Llega un momento -me comentaba un viejo conocido- en que es imposible enlazar una palabra más. En ese instante, como suele ser habitual, se vuelve a las páginas precedentes para releer lo escrito; pero un vacío inesperado invade el corazón y todo pierde sentido. La única solución es arrojar los papeles a la chimenea”. Me consta que las palabras de este gran amigo podrían ser corroboradas por tantos como han intentado similar empresa, de modo que el resultado de tan sorprendentes circunstancias es un manto de anonimato y vaguedad sobre la personalidad de la anfitriona parisina más admirada del momento.

Posiblemente porque el destino de estas Memorias no sea la publicación, sino, más bien, poner en orden un entorno complejo y a menudo incomprensible, mi tarea de reconstrucción ha podido llegar algo más lejos. Aun asumiendo que nada concreto puedo aportar sobre el personaje, he conseguido rescatar un dato relevante que pudiera arrojar algo de luz. En los archivos de la Conciergerie es posible consultar el listado de personas ajusticiadas en los tiempos del Terror. Buscaba no hace mucho algo de información para un proyecto que llevo décadas retrasando cuando el puro azar colocó ante mis ojos el nombre de Clignanterre. La duquesa, último miembro de su estirpe, sin descendencia, como pude comprobar más tarde, fue conducida a la guillotina en la mañana del 24 de enero de 1794. Tenía veintisiete años y, según se afirma en una nota crítica publicada en Le Père Duchesne, “quiso caminar hacia el cadalso vestida de azul, como si la muerte entendiese algo de simbologías cromáticas, de azul borbónico o de flores de lis”.

Han transcurrido casi setenta y cinco años desde entonces, y la razón dicta que la Clignanterre de las famosas veladas de hoy no puede tener relación con aquella que afrontó su hora decisiva envuelta en color azul. No obstante, es absolutamente cierto que la estirpe y el título murieron aquella gélida mañana de invierno y que ninguna referencia posterior a dicho nombre puede encontrarse. Se hace evidente, pues, la impostura de quien hoy quiere capitanear la vida social parisina cultivando el misterio sobre su persona para ocultar así su mentira. Sin embargo, hay en todo cuanto rodea al personaje un halo de misterio que impide conformarse con una explicación tan simple, racional y pragmática. La insistencia de quienes han mantenido algún contacto con la señora en la dominante azul, en el repentino olvido de su rostro o en la fragancia de magnolias no hace sino enviarnos a un pasado ya lejano que no parece haber muerto completamente.

La Grande Armée

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de la Villebaune,
gentilhombre.

Una vecina del faubourg de Saint Antoine encontró su cadáver a primeras horas de un frío amanecer de marzo. El cuerpo estaba cosido por cicatrices de origen incierto que dibujaban una historia desconocida, sin duda terrible, quizás heroica. Nada en él ni en las escasas posesiones que lo acompañaban permitía establecer la filiación del difunto, de modo que tras la lógica sorpresa por tan siniestro descubrimiento, la mujer no consideró un acto inmoral apropiarse de la botonadura de plata que albergaba uno de los bolsillos del difunto y siguió con la rutina cotidiana tras informar del descubrimiento a la autoridad competente. El cuerpo fue trasladado al depósito de cadáveres de la beneficiencia en espera del definitivo viaje al cementerio de Pere Lachaise. 

Alguien muy cercano a los acontecimientos me ha asegurado que al cabo de unos pocos días la mujer recibió la visita del viejo difunto. Al parecer, con gran enojo en el semblante exigió a la vecina la devolución de la botonadura y abandonó después la casucha maloliente. Cuenta mi confidente que los gritos de horror de la mujer fueron tales que algunos hombres saltaron a la calle armados con maderos y otras armas, que rodearon al viejo, ya con evidentes signos de descomposición, y se arrojaron sobre él. Pero aquel no era ya un cuerpo vivo, sino una imagen desvaída por el tiempo que los instrumentos punzantes atravesaban sin dañar. Solamente los dotados de mayor valor y presencia de ánimo fueron capaces de seguir al aparecido en un largo peregrinar que les llevó hasta el Hospital de los Inválidos. Dicen que ante la puerta que da acceso al patio de armas el fantasma abrió el saquito donde llevaba los botones y los esparció sobre la palma abierta de su mano. A la luz de la luna el grupo de ciudadanos pudo apreciar con claridad meridiana el fulgor del águila imperial grabada en los mismos y cómo el cuerpo putrefacto traspasaba la recia puerta. Al instante, un grito sobrenatural de júbilo viajó por la noche de París: poco a poco, los compañeros de armas, gentes corrientes que protagonizaron el mayor cambio de estado conocido, volvían a encontrarse. Tan sólo faltaban unos meses para que la fragata Belle Poule trajese de regreso el cuerpo del Emperador.

El saloncito azul

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de la Villebaune,
gentilhombre.

Tras arrollar con ímpetu indomable al criado de puerta, la salvaje horda fue recibida por la marquesa de Lisette en la antesala del palacio. La sola presencia de su distinguido porte fue capaz de apagar los gritos reivindicativos y difuminar la desesperación que causara el asalto. Con el te y las pastas que esperaban en el gabinete de verano la turbamulta no pudo sino rendirse ante la elegancia en el trato, delicadeza y saber estar de la dueña de la mansión. Todavía hoy se oyen las voces que en amigable conversación intercambian cumplidos, comentarios sobre los estrenos teatrales de la temporada y tímidas referencias a esa chusma iletrada que cree poder acabar con el orden natural de las cosas. La marquesa, su figura silueteada, se adivina tras los visillos de la gran cristalera que da al jardín. Ella, como siempre, sigue reinando en el saloncito azul, rodeada de caballeros vestidos de marrón y gris oscuro que portan en sus pechos una escarapela tricolor.

París siempre es una fiesta

De Memorias de días extraños,
de Jean-Cristophe de La Villebaune,
gentilhombre.

Sus miradas se habían cruzado innumerables veces, aunque siempre con idéntico resultado. En los jardines, en la sala de música, entre las bestias que aguardaban en las caballerizas el tiempo del galope libre, la indiferencia azul de la hermosa mujer hería con crueldad el corazón palpitante del muchacho. Tal sufrimiento silencioso encontró su final una nubosa mañana de febrero. Entre el gentío arremolinado en la Plaza de la Revolución -hoy de la Concordia-, el oído atento podía aislar del bullicio el silbido de la cuchilla que corta el aire y las esperanzas de una clase condenada al olvido. Allí, entre cuerpos entusiasmados por el delirio sangriento, el mozo de cuadras alcanzó a ver el casi imperceptible guiño pícaro que le dirigió su bien amada marquesa antes de que la cabeza aterrizase en el cesto. El amor, potencia cósmica que no entiende de clases sociales, había encontrado una vez más el camino que comunica dos almas condenadas a encontrarse.