La creación poética se nutre de su entorno, pienso yo. Por ese motivo es lógico que las tecnologías de la información y la comunicación y cuanto las rodea se conviertan también en referente de textos líricos. Hasta ahora, solamente las había encontrado en clave satírica, laudatoria o urgente en ciertos blogs, como los del Tigre, Elisa o el de quien esto suscribe. Sin duda habrá muchísimos más ejemplos, pero mis lecturas son, ciertamente, limitadas.
Sin embargo, también hay poetas de verso en pecho que no renuncian a introducir el mundo de las TIC en sus universos líricos. Es el caso del mexicano José Emilio Pacheco -a quien dediqué una entrada homenaje no hace mucho-, que en su libro Siglo pasado (1999-2000) ya incorpora dos poemas sobre la cuestión. La visión que nos ofrece el poeta no es excesivamente positiva; más bien da la impresión de estar dominado por la nostalgia de quien sabe que una forma de trabajar, de leer y de vivir está llegando a su fin. Se reconoce Pacheco usuario agradecido de la innovaciones tecnológicas, pero crece cuando estas mueren en una subida de tensión que mata su Windows o en el momento de enfrentarse con la palabra desnuda sobre el papel, sin iconos de formato o scrolls de pantalla.
En fin, supongo que el poeta es como tantos de nosotros que vivimos en este debate constante.
Derrota de Bill Gates
Después del gran calor y el brillo intolerable del sol,
la tormenta eléctrica,
la lluvia que no anunció su llegada.
Y el trueno inmenso, emperador de los aires,
hace que el mundo estalle en los conductores eléctricos,
borra la luz,
nos deja en tinieblas incomputables
y nos vuelve por un instante
sombras de un mundo antiguo sin electrónica,
aprendices de espectro, aire en el aire.
Página
Gracias, mil gracias, todo está muy bien.
Celebro lo que hacen y lo agradezco.
Me gusta mi laptop y mi laserprinter.
Pero soy como soy y no son para mí
poemas en pantalla ni a muchas voces
ni con animaciones electrónicas.
Me quedo (aunque sea el último) con el papel.
La página no es, como se dice ahora, un soporte:
es la casa y la carne del poema.
Allí sucede aquel íntimo encuentro
que hace de otras palabras tu mismo cuerpo
y te vuelve uno solo con lo que dicen sus letras.
José Emilio Pacheco, En resumidas cuentas, Madrid, Visor, 2004.