Lemonade Mouth: ¿a quién le importan los raritos normales?

Sangre frikiNoche de viernes.

El destino o, quizás, un demiurgo (ya sé, ya sé que tengo que dejar de leer a Cioran inmediatamente) caracterizado de roedor han convertido la última noche de la semana en una delicia por fuerza fugaz y también en una condena. Es delicia porque la familia, mientras el cuerpo aguante, la ha convertido en momento de reunión: los cinco en torno a unas pizzas y una película. Pero es condena porque la película noto que poco a poco va disolviendo nuestras neuronas. Ni los temibles dioses griegos pudieron imaginar castigo tan cruel como el de verse expuesto semana tras semana al bombardeo de clichés, personajes tópicos, conceptos recurrentes e ideología competitiva. En ciertos momentos soy incapaz de controlar el nacimiento en lo más profundo de mi ser del monstruo verde de la envidia, y pienso que un buitre devorando las entrañas no es tan mal final, si se valoran las cosas en su justa medida, o que transportar hasta la cúspide de la montaña una enorme piedra por toda la eternidad, aun sabiendo que ineludiblemente volverá a caer, es una actividad rutinaria perfectamente asumible. Aunque en algunos instantes de estas sesiones cinematográficas quisiera morir, he de reconocer que la delicia, el contacto con la mujer y las hijas, esos minutos de comunión familiar, justifican el horror que penetra en nuestro interior. Además, el ser fumador ayuda bastante en estas situaciones críticas: abandonar por unos momentos el área de influencia del roedor demiurgo para disfrutar de un cigarrillo en silencio permite recomponer la figura y el espíritu, recuperar las fuerzas necesarias para acometer la prueba definitiva que, sin lugar a dudas, se nos presentará en el desenlace del filme.

En fin, que es noche de viernes. Las niñas todavía son pequeñas para considerar el hogar como una prisión y, en consecuencia, hemos vuelto a reunirnos para ver una película. En esta ocasión, los directivos del canal Disney nos hacía una propuesta musical: Lemonade Mouth, dirigida por Patricia Riggen.

El filme descansa sobre un motivo recurrente en la factoría del ratón. Dos mundos enfrentados, el de los chicos con éxito (guapos, deportistas, buenos cantantes, aclamados por sus fans y rubios anglosajones) y el de los adolescentes marcados por el trágico destino de no ser populares en el instituto (feotes, morenos o pelirrojos, de otra raza, tímidos y acomplejados, inteligentes). No cabe la menor duda de que la necesidad de aprobación social es una muy seria aspiración juvenil, pero la manera en que estas películas muestran el problema adolescente se me antoja burda y contraproducente. Aunque podría entenderse que se cantan las grandezas de la diferencia, lo cierto es que la resolución de los argumentos siempre nos lleva al éxito y la aprobación de los raritos por el cuerpo social. Acaban integrándose, por tanto. Las preguntas son inmediatas: ¿qué sucedería si no se alcanzase ese éxito? ¿qué hubiera pasado si el tema estrella de esta banda de frikis adolescentes no hubiera sonado en la emisora de radio más popular entre los jóvenes de la ciudad? En Lemonade Mouth, una chica del público -morenita y feucha, claro está- asume el rol de Deus ex machina para entonar el comienzo de “Determinate” y dar el aldabonazo que dispara el momento más emotivo del filme: el auditorio en pie cantando la canción que los miembros de la banda no son capaces de interpretar. Perdonen la pedantería, pero, una vez más, el pueblo de Israel porta sobre sus hombros a un Moisés muerto hasta el interior de la Tierra Prometida. La ceremonia de la integración ha terminado, entre aplausos, vítores, lágrimas y sonrisas. Podemos descansar en paz… Hasta el próximo viernes. Frente a las pantallas, una legión de raritos que no saben cantar o cuyos padres no comprenden que sus hijos no discurren por el camino marcado de antemano o que no esconden en su interior la belleza o que no son tan independientes o que, simplemente, no tienen una habilidad que los haga especiales asisten atónitos a la ceremonia del éxito. Seguro que el lunes yo también seré aceptado, seguro que el lunes, o quizás el martes, mis compañeros comprenderán que valgo la pena y no se reirán cuando pregunte en clase y no susurrarán a mis espaldas y todo irá a las mil maravillas. Porque el sol sale cada mañana y siempre se nos va a presentar la oportunidad de demostrar quiénes somos.

¡Qué pinto yo aquí! o Manolete, si no sabes torear para qué te metes

Ya acabó el Evento Blog España 2010. Habrá que ir pensando en el del próximo año.

No me voy a dedicar a glosar las intervenciones, porque casi nada nuevo o interesante oí por allí. En cualquier caso, las etiquetas que en Twitter identificaban cada una de ellas es un buen camino para hacerse una idea de lo expuesto: #ebe10, #barrabesebe, #vidalebe, #blogsymedios, #intebe, #fumeroebe son algunas de las que transité entre la sorpresa y la sonroja, a veces. Si la revolución no será tuiteada, está claro que el Evento Blog sí lo ha sido y, por tanto, se encuentra bastante alejado de lo revolucionario.

Como casi siempre, voy a escribir sobre mí mismo, que es el núcleo temático donde me siento más cómodo. Fui al EBE porque me apasiona esa cosa de los blogs y la Red; pero nada más cruzar las puertas me di cuenta de que no era mi lugar. No me estoy refiriendo a una cuestión de edad, como los lectores malpensados podrían imaginar. Curiosamente, mi estatus de cuarentón no desentonaba demasiado en un lugar en el que, si bien dominaba el veinteañerismo 2.0, no era raro darse de bruces con canosos en camiseta y pañuelos al cuello. Ese no era el problema, aunque es posible que me hubiera sentido más integrado si no tuviera esta maldita alergia a los cuellos redondos y los tejidos decorados con lemas impactantes.

Mi verdadero problema es la limitación genética ante la actitud emprendedora. Y casi todo el encuentro ha girado en torno al ombliguismo emprendedor y la posibilidad de rentabilizar el esfuerzo dospuntocerista. Economía, empresa, gestión, dinero, éxito, mercado. Posiblemente soy un romántico que suspira por la cultura bloguera y, quizás, su poder para transformar la sociedad de una forma no transitada. Evidentemente estoy equivocado. Algunas cuestiones planteadas en la reunión, ciertamente, han versado sobre esos asuntos; pero si tuviese que resumir lo que me ha quedado del EBE10 lo haría con una única palabra: emprendedor. Y yo no lo soy; al menos no de esta manera.

La suprema expresión de esta disociación entre los que ponen su vida en el emprendimiento y los que, al parecer, nos dejamos llevar la encontré en la charla-show de Antonio Fumero. Su atractivo y nostálgico título -”La soledad del bloguero de fondo”- acabó siendo un despropósito sin sentido, una oportunidad perdida en unas formas provocativas que nada provocaron. Al hilo del discurso de Fumero, alguien del público pidió la palabra para aludir a la “superioridad moral del emprendedor sobre el funcionario”. Las dos Españas en versión #EBE10. Llámenme paranoico, pero creí apreciar la aquiesciencia del auditorio tras la brillante reducción al absurdo.

Después vino la Foto de Familia como broche final de la jornada, pero para entonces ya me había marchado. Esa ya no es mi familia y nada pintaba entre tanto emprendedor abnegado, baluarte de un mundo futuro, sin duda, más justo, igualitario y fraternal.


La simplicidad (II): la vida

Una gominola de coca-cola, 0’5 €.

Un paquete de tabaco, 3’35 €.

Las Obras incompletas de Gloria Fuertes, 10 €.

Una entrada para ver el Cajasol-DKV Juventud del próximo sábado, 18 €.

La cuenta semanal del frutero, 19’85 €.

Una estilográfica Pelikan 205, 91 €.

Mojar con la ducha, muy tempranito, a tu esposa, pareja o amiga mientras se lava los dientes medio dormida… ¡No tiene precio!


Geografía y series de televisión

Me gusta ver series en televisión. Algunas más que otras, obviamente. De ciencia ficción y realistas, algunas de humor, históricas, dramáticas, policiacas y hasta aquellas que incluyen algo de fantasía. Están muy bien y se aprende mucha geografía, uno de mis vicios ocultos.

Precisamente es en relación a la geografía en donde se encuentra una diferencia difícilmente explicable entre las series españolas y las norteamericanas. No sé si se habrán fijado en el detalle, pero las producciones estadounidenses suelen dar especial protagonismo a la localización geográfica como marco de los relatos. Da igual que se trate de escenarios ficticios o auténticos.

Para apoyar el primer supuesto solamente hay que recordar la importancia de la peculiar geografía de la isla de Perdidos o la espléndida reconstrucción de Cáprica, el mundo en el que se desarrolla la precuela de Galáctica. Pero, sin duda, es la geografía urbana estadounidense real uno de los personajes, secundarios o protagonistas, más destacados en las narraciones televisivas americanas.

Gracias al cine y las series televisivas ciertas ciudades se han convertido en nuestras ciudades. Algunas son escenarios constantes, sobre todo en series policiacas, como sucede con Nueva York o Los Ángeles; pero también otras ciudades menos habituales nos resultan conocidas gracias a la televisión: el Washington de Shaft, el Honolulu de Hawai 50 -¿se acuerdan?-, las empinadas cuestas de Las calles de San Francisco o de la más reciente Monk, el deprimente norte de Nueva Jersey que refleja Los Soprano o la terrible y peligrosa Baltimore de The wire, Las Vegas de CSI o el Miami de Corrupción en Miami y CSI.

Junto a estos escenarios de violencia urbana resulta curioso constatar como Boston, por ejemplo, parece ser el marco preferido por los productores norteamericanos para contenidos relacionados con el ejercicios de la abogacía. Así sucedía en Ally McBeal o en la recientísima The good wife y también en la intriga forense que muestra Crossing Jordan.

En las producciones españolas, en cambio, la geografía está mucho más desdibujada. La tendencia más habitual es la de mostrar barrios completamente ficticios que puedan situarse en cualquier gran ciudad española. Eso es lo que representa el barrio de Santa Justa de Los Serrano, el San Antonio de Los hombres de Paco, la calle Desengaño en Aquí no hay quien viva y Atalaya en La que se avecina o Esperanza Sur en Aída. Casi todas estas localizaciones podríamos situarlas en Madrid, pero rara vez se concreta tanto como sucede en las series norteamericanas. Incluso en series de ambientación histórica, como es el caso de Águila Roja, se omite la referencia real -se habla constantemente de la villa- cuando es evidente que el lugar no puede ser otro que el Madrid de los Austrias.

Las razones de esta diferencia entre la concreción geográfica de las producciones estadounidenses y las españoles se me escapan. Supongo que el menor presupuesto de nuestras series puede tener algo que ver, ya que evita localizaciones en exteriores; pero me temo que también pueda haber relación con el intento de evitar toda acusación de centralismo madrileño, aunque en algún caso resulte ridículo, como sucede con la mencionada Águila Roja. En fin, en última instancia, problemas de vertebración nacional, de posibles rencillas localistas. Hasta para hablar de series de entretenimiento tenemos que referirnos a la estructura del estado. ¡Vaya latazo, por favor! Claro que también es posible que esté exagerando, como buen andaluz que soy.


Me gusta esta España

No sé si seremos muchos o pocos, pero no me cabe la menor duda de que habrá quienes compartan conmigo el placer de sentirse parte de esta nueva España.
No hay en ella uniformes, por mucho que desde los medios de comunicación se nos incite a una especie de pensamiento único en torno a una “Roja” con la que llevan martilleando más de un mes. A mi me gusta más una España sin vestimenta única o, mejor, con diversas indumentarias; me gusta una España en la que conviven gentes que en la tardes de fútbol grande salen a la calle luciendo zamarras celestes, albicelestes, canarinhas, a franjas rojas y blancas, tricolores o, incluso, esa otra “Roja” muy anterior en su denominación a la que ahora dicen que nos identifica en una especie de unidad de destino en lo universal reloaded.
Estos días de Mundial disfruto tomando café en un bar sobre cuya barra penden tres banderas que representan las tres nacionalidades de origen de sus empleados, porque quiero creer que vivo en un país en el que cabemos todos sin que haya que perder completamente la referencia de los orígenes personales. Es esa una España más rica y hermosa, menos previsible.
En este país de todos, las tardes de fútbol grande son más divertidas, se celebran más goles sin tener que esperar a que suene la flauta de otros marcelinos y zarras.
Esta España de la que hablo es la de mi entorno, un país feliz estos días gracias al deporte. Casi todo mi mundo ha celebrado algo, aunque la suprema expresión del gozo se manifiesta en los brasileños, argentinos, uruguayos, paraguayos y los españoles que nacimos aquí por estar ya en cuartos de final de la competición. Por desgracia para todos -pero es que todos no cabemos-, algunas de las piezas del rompecabezas de mi España han sufrido ya la decepción de la eliminación. ¡Qué lástima de portugueses, mexicanos y chilenos! ¡Ay, esa Corea del chino que regenta el bazar del barrio! Pero hay que ser positivos. No importa que algunos elementos se hayan quedado en el camino porque otros llegarán a donde deben, y en el éxito de uno -¡sólo puede quedar uno!- estará el del conjunto.
Sin embargo, sé que mi España no es un lugar completamente ideal. Hay también en ella muchos estúpidos de corta mirada y seco corazón que ven como una agresión en toda regla la alegría por un gol que consideran ajeno. Estas gentes limitadas en sus afectos sufren de terribles envidias en las tardes de fútbol, preguntan con descortesía el por qué de unas banderas que desconocen, se quejan a sus iguales de la invasión extranjera e insultan con la mirada a quienes, orgullosos, lucen camisetas que no cuadran con la imagen autárquica de una España que ya no existe.
Y es que el fútbol es, le pese a quien le pese, mucho más que un deporte. En estas tardes de verano se ha convertido para muchos de nosotros en una tabla a la que aferrarse en la marejada. Son tablas de grosores y maderas diferentes con las que algún día debiéramos construir una nave estable que surcase los siete mares.


Las tradiciones que nos unen

En estas fechas tan señaladas, me llena de orgullo y satisfacción llegar hasta el interior de vuestros hogares para compartir un año más estos momentos familiares. Como símbolo de lo que nos une, no ya a cada familia, sino a todas las personas que pueblan esta vieja piel de toro, quisiera enarbolar una bandera de hermandad, un emblema de amor, una roja insignia que rezuma buenos sentimientos. He aquí mi contribución, una imagen que encontré hace ya largo tiempo -siento no recordar el blog, aunque creo que fue el del señor don Carlos- y que he guardado con mimo hasta el momento en que volviera a tener sentido. Cantad en torno a ella, colocadla en el centro neurálgico de vuestras mesas, acariciadla, admiradla y, sobre todo, no os despistéis demasiado, porque los cuñados acechan embozados en espera de la más mínima duda que les permita arrebatar tan precioso botín. Y no digo más.

Me dicen

Esta entrada va dirigida a quienes no creen.
A quienes se les llena la boca de homo hominis lupus est, y a quienes en silencio otorgan.
Es difícil creer con la que está cayendo, con la que siempre ha caído. Pero aquí estamos. Sobreviviendo, avanzando, con regresiones, con problemas, con escollos. Porque hay quienes piensan que no todo está perdido y que el ser humano, en ocasiones, vale la pena. O quizás no la  valga, pero no se detienen a comprobarlo. Cuando caminan cabalgan a lomos de mula vieja

Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, posan, sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra.
(A. Machado)

¿Es competencia nuestra valorar la bondad del hombre, la idoneidad y el fruto de nuestras acciones? ¿No sería bastante con tener una opinión de nosotros mismos? ¿No es suficiente con hacer lo que se cree apropiado sin preocuparse del resultado concreto de la acción? Lo cierto es que yo no me preocupo demasiado del efecto práctico de mis actos y la culpa la tiene Blas de Otero, salvando las distancias del contexto, obviamente:

Creo en el hombre.He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.

Creo en la paz. He visto
altas estrellas, llameantes ámbitos
amanecientes, incendiando ríos
hondos, caudal humano
hacia otra luz: he visto y he creído.

Creo en ti, patria. Digo
lo que he visto: relámpagos
de rabia, amor en frío, y un cuchillo
chillando, haciéndose pedazos
de pan: aunque hoy hay sólo sombra,
he visto y he creído.

Sin embargo, a mi alrededor cada vez encuentro más gentes que no creen en el hombre. Ni en sus obras. Que solamente tienen fe en los “trallazos” y los “incendios”. Gentes que ven y no creen. Que no creen y no hacen, porque de nada sirve. Pero se equivocan, aunque es difícil encontrar argumentos, se equivocan, se equivocan.

¿El último gran héroe?

Se buscan hombres para un viaje peligroso.

Sueldo bajo. Frío extremo.

Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante.

No se asegura retorno con vida.

Honor y reconocimiento en caso de éxito

(Anuncio publicado por Shackleton en la prensa británica para reclutar a su tripulación)

 

shackletonY Ernest Shackleton encontró veintinueve personas dispuestas a acompañarlo a bordo del Endurance para acometer la conquista de la Antártida.

Como Amundsen o Scott, Shackleton se lanzó a la que por entonces parecía la última gran aventura: alcanzar el Polo Sur. Sin embargo, a diferencia de los otros dos aventureros, el explorador irlandés fue capaz de “vencerse a sí mismo” y optar por preservar la vida de su tripulación antes que por continuar en la consecución de su obsesión. No llegó al Polo, pero alcanzó la gloria. Otro tipo de gloria.

Hasta el 28 de octubre se puede asistir en Sevilla (después irá a Palma, Alicante, Barcelona, Valladolid y Zaragoza) a la exposición “Atrapados en el hielo”, que se ha montado con el patrocinio de la Fundación Caixa de Catalunya y que cuenta con una interesantísima y completa batería de material didáctico para que la experiencia, si se decide realizarla con el alumnado, sea altamente provechosa. Yo, desde luego, no me la voy a perder y para ir abriendo boca os dejo uno de los muchos videos que pueden localizarse en la Red sobre el personaje y su hazaña.