Ya acabó el Evento Blog España 2010. Habrá que ir pensando en el del próximo año.
No me voy a dedicar a glosar las intervenciones, porque casi nada nuevo o interesante oí por allí. En cualquier caso, las etiquetas que en Twitter identificaban cada una de ellas es un buen camino para hacerse una idea de lo expuesto: #ebe10, #barrabesebe, #vidalebe, #blogsymedios, #intebe, #fumeroebe son algunas de las que transité entre la sorpresa y la sonroja, a veces. Si la revolución no será tuiteada, está claro que el Evento Blog sí lo ha sido y, por tanto, se encuentra bastante alejado de lo revolucionario.
Como casi siempre, voy a escribir sobre mí mismo, que es el núcleo temático donde me siento más cómodo. Fui al EBE porque me apasiona esa cosa de los blogs y la Red; pero nada más cruzar las puertas me di cuenta de que no era mi lugar. No me estoy refiriendo a una cuestión de edad, como los lectores malpensados podrían imaginar. Curiosamente, mi estatus de cuarentón no desentonaba demasiado en un lugar en el que, si bien dominaba el veinteañerismo 2.0, no era raro darse de bruces con canosos en camiseta y pañuelos al cuello. Ese no era el problema, aunque es posible que me hubiera sentido más integrado si no tuviera esta maldita alergia a los cuellos redondos y los tejidos decorados con lemas impactantes.
Mi verdadero problema es la limitación genética ante la actitud emprendedora. Y casi todo el encuentro ha girado en torno al ombliguismo emprendedor y la posibilidad de rentabilizar el esfuerzo dospuntocerista. Economía, empresa, gestión, dinero, éxito, mercado. Posiblemente soy un romántico que suspira por la cultura bloguera y, quizás, su poder para transformar la sociedad de una forma no transitada. Evidentemente estoy equivocado. Algunas cuestiones planteadas en la reunión, ciertamente, han versado sobre esos asuntos; pero si tuviese que resumir lo que me ha quedado del EBE10 lo haría con una única palabra: emprendedor. Y yo no lo soy; al menos no de esta manera.
La suprema expresión de esta disociación entre los que ponen su vida en el emprendimiento y los que, al parecer, nos dejamos llevar la encontré en la charla-show de Antonio Fumero. Su atractivo y nostálgico título -”La soledad del bloguero de fondo”- acabó siendo un despropósito sin sentido, una oportunidad perdida en unas formas provocativas que nada provocaron. Al hilo del discurso de Fumero, alguien del público pidió la palabra para aludir a la “superioridad moral del emprendedor sobre el funcionario”. Las dos Españas en versión #EBE10. Llámenme paranoico, pero creí apreciar la aquiesciencia del auditorio tras la brillante reducción al absurdo.
Después vino la Foto de Familia como broche final de la jornada, pero para entonces ya me había marchado. Esa ya no es mi familia y nada pintaba entre tanto emprendedor abnegado, baluarte de un mundo futuro, sin duda, más justo, igualitario y fraternal.






